RELATO GAY: EL DÍA DEL ÚLTIMO CREPÚSCULO. CAPÍTULO 13: VIGILA TU ESPALDA
Hay un consejo que debes tener
siempre en cuenta. Un consejo que debes aplicar en cada momento de tu vida, porque
puede salvarte el culo en más de una ocasión.
Siempre debes guardar tus espaldas.
Debes ser muy cuidadoso al
confiar en los demás, porque no todo el mundo será digno de tu confianza.
La envidia, la venganza, el odio
o la pura maldad harán que algunos te deseen el peor de los destinos. Incluso
la persona más amable, esa en la que confías ciegamente y piensas que jamás sería
capaz de hacerte daño, llegado el momento, puede ser capaz de traicionarte.
Así que presta atención a estas
palabras.
VIGILA TU ESPALDA.
Porque si te despistas. Si te confías.
Si das la espalda a tu enemigo durante tan solo un segundo, puedes acabar con un puñal
clavado en ella.
* * *
Iván y Pablo caminaron durante más
de una hora hasta llegar al hospital. Estaban cansados de tanto andar, y de
empujar el carro vacío que habían llevado consigo para transportar el oxígeno
que encontrasen allí. El primero llevaba en su mano una barra de metal, y el segundo
un machete, armas que habían arrebatado a los asaltantes del centro comercial. Estaban
agotados y sedientos. Por suerte, habían llevado consigo un par de botellas de
agua. Atravesaron la doble puerta acristalada del centro sanitario y dejaron el
carro a un lado, junto a la entrada. Una vez dentro, retiraron las capuchas de
sus trajes de protección, se quitaron las gafas de sol, y apartaron por un
momento las mascarillas de oxígeno de sus rostros para beber. Bebieron hasta
que calmaron su sed. Después, volvieron a colocarse las mascarillas y
respiraron aliviados. Al fin habían llegado a su destino.
-Será mejor que atranquemos las
puertas- señaló Iván- Así evitaremos que entre algún intruso. Además, si
alguien lo intenta deberá romper el cristal de la entrada, y eso nos alertará
de que tenemos compañía.
Acto seguido, el joven caminó
hasta la vitrina donde se encontraba el hacha que solía usarse en caso de
incendio, rompió el vidrio con la barra de metal que sostenía en su mano, y cogió
el arma. Después, caminó hasta la entrada y colocó el hacha entre los dos
tiradores de las puertas, de manera que al empujarlas quedaban bloqueadas por
el mango de madera de esta.
No había sido nada fácil llegar
hasta el hospital. El calor era insoportable, y más aún embutidos en aquellos
trajes de protección. Mientras se dirigían hacia allí, Iván observaba el oscuro
cielo. No se acostumbraba a ver el cielo tan negro, incluso aunque fuese de
día. Era de lo más perturbador ver el sol allí arriba, en mitad de aquella
oscuridad. En realidad, el día y la noche ya no existían. Tampoco existía la
vegetación. Los árboles y las plantas habían muerto. Durante el trayecto, encontraron árboles caídos, plantas marchitas y arbustos secos allá donde
dirigían la mirada. La vida en la tierra se estaba acabando. El ser humano sería
el siguiente, en cuanto se acabaran las reservas de oxígeno, agua y alimentos.
No quería pensar en ello, pero sabía que más tarde o más temprano llegaría el
momento.
Las calles, como era de esperar,
continuaban llenas de cadáveres. Estos estaban completamente carbonizados. Al
haber estado expuestos durante tanto tiempo a los rayos ultravioleta, sin la
protección de la capa de ozono, se habían quemado totalmente. Era una visión
espantosa. Pablo e Iván intentaron no mirar aquel dantesco espectáculo, pero a
veces era inevitable, ya que los cuerpos descansaban por todos los rincones de
la ciudad.
Decidieron borrar aquellas
espantosas imágenes de sus cabezas y ponerse manos a la obra.
Iván se acercó hasta el ascensor que se encontraba en el vestíbulo y pulsó el botón de llamada, pero este no funcionaba.
-El almacén debe estar en el
sótano, debemos buscar las escaleras para bajar hasta allí- señaló el joven resoplando, al darse cuenta de que tendrían que subir las bombonas de oxígeno a mano al no funcionar el elevador.
Pablo caminó hasta un cartel que
se encontraba a su derecha, colgado en la pared de recepción, y se detuvo
frente a él.
-Aquí dice que la escalera se
encuentra al final de este pasillo- dijo señalando el largo corredor que se abría
frente a ellos- Vamos, cuanto antes empecemos antes podremos marcharnos de
aquí.
Ambos comenzaron a caminar. Iván
a la cabeza y Pablo siguiendo sus pasos de cerca.
El hospital olía fatal debido a
los cadáveres que se encontraban tirados por el suelo, y que pululaban por
todos los rincones del lugar. Estos estaban en avanzado estado de descomposición.
Iván y Pablo tuvieron que saltar por encima de los cuerpos de un doctor y una
enfermera que descansaban en mitad del pasillo. Aquel lugar era terrible. Iván
quería terminar lo más rápido posible para marcharse de allí. No creía que
pudiera aguantar mucho tiempo en aquel sitio. Jamás se hubiera imaginado que
algún día tendría que presenciar algo tan espantoso.
El hospital era enorme, y con
tantos pasillos y habitaciones parecía un laberinto.
Tras unos minutos caminando, llegaron a la zona de maternidad.
Iván fue el primero en entrar. Allí,
vio algo que jamás lograría olvidar. Algo que quedaría grabado en sus retinas
para el resto de su vida. A su izquierda, al otro lado de una vitrina de
cristal, se encontraba la unidad neonatal del hospital. Allí se hallaban los
cadáveres de los recién nacidos que habían fallecido el día que sucedió todo.
El día que se acabó el mundo. El día que se terminó el oxígeno en la Tierra. Se
habían asfixiado en sus cunitas y nadie había podido hacer nada por evitarlo.
Las lágrimas afloraron en los
ojos de Iván, que lloraba por aquellos pequeños que apenas habían tenido tiempo
de ver el mundo. Aunque tal y como estaba la situación ahora, quizá fuese mejor
así. La tristeza invadió completamente al muchacho, que con los ojos llenos de lágrimas
no reparó en que, a su espalda, Pablo alzaba el machete que llevaba en su mano
con intención de asestarle una puñalada. Iván cerró los ojos y se enjugó las lágrimas. Al
abrirlos de nuevo, vio reflejado, en el cristal de la vitrina que tenía
delante, el machete que Pablo alzaba sobre su cabeza. Se giró rápidamente y
agarró el brazo de este, deteniendo el machete justo cuando el joven lo dejaba
caer con el propósito de asestarle un golpe mortal.
Ambos comenzaron a forcejear.
Pablo empujó a Iván contra el
cristal, golpeando la cabeza del joven contra la vitrina. Este le devolvió el
golpe, propinándole un rodillazo en la entrepierna. Pablo se agachó dolorido,
lo que Iván aprovechó para golpearle, con la barra de metal, en el brazo con el que el muchacho sujetaba el machete. El joven gritó de dolor y soltó el arma, que cayó al
suelo a sus pies. Iván dio una patada al enorme cuchillo y lo mandó a la otra
punta de la habitación.
-¿Qué coño estás haciendo?-
preguntó Iván confundido.
-Jesús es mío- respondió Pablo- no
voy a permitir que me lo arrebates.
Tras decir esto, se abalanzó
sobre Iván y ambos cayeron al suelo. La barra de metal se escapó de las manos
de este, y rodó hasta el otro extremo de la sala. Los corazones de los dos jóvenes latían a toda velocidad mientras luchaban por sobrevivir. Pablo estaba encima de Iván e
intentaba arrancar la mascarilla de oxígeno de su cara para que
este muriera asfixiado. El joven sujetaba los brazos de su atacante con fuerza
para evitarlo. Iván se retorció como pudo para liberarse de Pablo, le propinó
un rodillazo en el estómago y consiguió colocarse sobre él. Le asestó un puñetazo
en la mejilla y logró dejarle aturdido. Intentó quitarle la mascarilla, pero
Pablo volvió en sí y sujetó la mano del joven para impedirlo. Iván golpeó el brazo de Pablo, con el puño que tenía libre, para que este le soltara. Una vez que su extremidad quedó liberada, se levantó, corrió hasta el machete y lo recogió del suelo. Se dirigió
hacia Pablo con intención de matarlo. Estaba dispuesto a hacerlo, pero este
comenzó a levantarse, y del interior de su traje de protección sacó una pistola.
Había tenido el arma allí escondida todo el tiempo. Era la pistola del
asaltante del centro comercial. Apuntó con ella a Iván y apretó el gatillo. La
bala se incrustó en la pared que se encontraba tras el joven, que comenzó a
correr como alma que lleva el diablo para ponerse a salvo.
-¡Te quería matar con mis propias
manos! ¡Has tocado a mi chico, y eso no lo puedo tolerar!- gritó Pablo
completamente enloquecido- Aunque supongo que una bala en la cabeza también me sirve.
Iván corrió con todas sus
fuerzas, atravesó el largo pasillo que encontró a su derecha y consiguió llegar
hasta la escalera. Comenzó a subir por ella mientras oía los pasos de Pablo a
su espalda. Llegó hasta la primera planta, corrió a través del pasillo y se
introdujo en una de las habitaciones que encontró a su izquierda. Cerró la
puerta tras de sí y se dirigió a toda velocidad hasta la ventana. La abrió y se
asomó al exterior para comprobar si podía escapar por ella. Era posible que
pudiera saltar, pero ¿y si se rompía una pierna? Entonces estaría perdido.
Escuchó los pasos de Pablo en el pasillo. Corrió hasta la cama y se escondió
debajo de ella a toda prisa. El corazón le latía a toda velocidad, como si
fuese a salírsele de la caja torácica.
Pablo caminaba por el pasillo con
la pistola en la mano. Miraba hacia todos lados buscando a Iván. Sabía que no
podía andar muy lejos. Aguzó el oído para tratar de escuchar algún ruido que le
permitiera encontrarle, pero todo estaba en absoluto silencio. De repente, al
pasar junto a la entrada de una de las habitaciones, notó una fresca y ligera
brisa en el rostro. Esta se filtraba por la rendija de la puerta. Pablo caminó
hasta dicha puerta, la abrió y pasó al interior de la habitación.
Iván vio desde debajo de la cama
como los pies de Pablo recorrían el cuarto y se dirigían hacia la ventana. El
joven contuvo la respiración para evitar ser descubierto.
Pablo se acercó al ventanal y se
asomó al exterior. Quizá Iván había saltado y había conseguido escapar.
Mientras, este, aprovechó para
salir con sigilo de su escondite. Se puso en pie con cuidado y corrió hasta
Pablo, empujándole con todas sus fuerzas.
-¡Jódete cabrón!- exclamó Iván
enfurecido.
Pablo apenas tuvo tiempo de
reaccionar. Gritó sorprendido mientras atravesaba la ventana y caía al
exterior. Iván escuchó el golpe seco que emitió el cuerpo del muchacho al
estrellarse contra el asfalto. Se asomó a la ventana y vio a Pablo tirado en el
suelo. El muy cabrón todavía se movía. Estaba aturdido, pero seguía con vida.
Tras unos segundos, se levantó con dificultad y bastante dolorido. Avanzó un
par de pasos cojeando, ya que se había lesionado la pierna derecha al caer. Miró
a su alrededor buscando la pistola, la cual había perdido durante la caída. No
consiguió dar con ella. Entonces se encaminó a paso lento hacia la entrada del
hospital.
-¡Voy a matarte! ¿Me has oído?-
gritó Pablo completamente colérico- Hoy va a ser tu último día en la tierra.
Iván se agazapó junto a la
ventana. Allí agachado, intentó pensar en alguna manera de escapar. Debía haber
otra entrada en alguna parte, pero el hospital era tan grande que se perdería
por sus pasillos antes de encontrarla. Podía correr hasta la planta baja y
escapar por una de las ventanas, pero debía hacerlo antes de que Pablo lograse
entrar, y sin que este se diese cuenta. Se puso en pie, y justo en aquel
momento vio como un resplandor iluminaba la habitación. Se giró hacia la
ventana, y el sonido provocado por un trueno le hizo dar un respingo.
Pablo había conseguido llegar
hasta la entrada del hospital. Empujó sus puertas, pero estas no se abrían.
Entonces recordó que Iván y él las habían atrancado a su llegada. Justo en ese
momento, un relámpago iluminó la calle, y después escuchó el sonido de un
trueno.
De repente, comenzó a llover.
Iván miraba la lluvia desde la
ventana, sorprendido. No había llovido desde el día en que el mundo terminó.
Pablo miró hacia el cielo mientras la lluvia comenzaba a caer sobre su rostro. De repente, comenzó a gritar. Aquella lluvia no era una lluvia normal. Quemaba. Comenzó a quemar su piel como si de un ácido se tratase. Parecía como si estuviera envuelto en llamas. Sus gritos de dolor llegaron hasta los oídos de Iván, que jamás había escuchado a nadie chillar de aquella manera. Eran gritos desgarradores. El joven se tapó los oídos para evitar escucharlos. Entonces, reparó en que el suelo emitía humo cuando la lluvia entraba en contacto con él. Aquella lluvia quemaba. Debía tratarse de algún tipo de lluvia ácida, pero uno de los casos más extremos que jamás había visto. Nunca había oído hablar de una lluvia de este tipo. Debía ser otra alteración del nuevo mundo, causada por el cambio climático.
Pablo continuaba gritando. Su
piel se deshacía literalmente mientras golpeaba el cristal de la puerta
intentando entrar. Quiso buscar un lugar donde refugiarse. Miró a su alrededor,
pero la lluvia entró en sus ojos, quemándole las retinas y los globos oculares,
y dejándole ciego al instante. Se llevó una mano a la cara. Al tocarla, su
mejilla derecha se desprendió, dejando al descubierto los huesos de su
mandíbula. El dolor era insoportable. El pelo de su cabeza comenzó a caerse
junto a su cuero cabelludo, dejando al descubierto su cráneo. Finalmente, cayó
al suelo completamente inmóvil sobre un charco de sangre y pedazos de carne y
piel.
Iván apartó las manos de sus
oídos cuando Pablo dejó de gritar. Respiró hondo. Al menos aquella repentina
lluvia le había salvado. Salió de la habitación y se dispuso a buscar el almacén
del hospital. Bajó las escaleras hasta llegar al sótano y recorrió la planta
hasta dar con él. Por desgracia, no había ni una sola bombona de oxígeno.
Alguien ya se había adelantado y se había llevado todas las reservas. Pero si
encontró una buena cantidad de antibióticos, analgésicos, y también el hilo y la aguja de sutura que
necesitaba para curar a Jesús. Tras coger todo lo necesario, se encaminó hacia
la primera planta de nuevo. Una vez allí, decidió echar un vistazo por las
habitaciones. Quizá en una de ellas pudiese encontrar alguna botella de oxígeno
medio llena que todavía se pudiera aprovechar. De todas formas, tenía que esperar
a que dejase de llover para poder marcharse.
Recorrió toda la planta, pero no
encontró nada. Las personas que habían saqueado antes el lugar se habían
asegurado de llevarse todo el oxígeno disponible.
En ese momento, escuchó un extraño
ruido. Parecía un llanto. Aguzó el oído y comenzó a caminar hacia el origen del
sonido. Este le llevó hasta el despacho de una tal doctora Ibars. Atravesó la
puerta, y observó que el despacho estaba lleno de bombonas de oxígeno vacías.
Caminó hasta el escritorio, y allí, detrás de este, encontró los cadáveres de
un hombre y una mujer. Estaban cubiertos con una manta y en avanzado estado de
descomposición. Bajo dicha manta, Iván escuchó de nuevo aquel llanto. Estiró el
brazo y retiró la sucia manta de un tirón. Debajo de esta, entre los dos
cuerpos, encontró a un niño de unos ocho años, llorando y completamente
aterrado. Llevaba puesta una máscara de oxígeno, que estaba conectada a una
bombona de gran tamaño. Parecía ser la última. Sus padres debían haberse
sacrificado para que el pequeño sobreviviera. Lo que estos no habían pensado
antes de hacerlo, era que su hijo iba a estar viviendo durante días junto a sus
cadáveres, solo, asustado, y totalmente traumatizado.
CONTINUARÁ...
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