RELATO GAY: EL DÍA DEL ÚLTIMO CREPÚSCULO. CAPÍTULO 12: A VECES LA VIDA NOS DA SORPRESAS
A veces la vida nos asombra.
A veces la vida nos sorprende.
Y
puede hacerlo de dos maneras: para bien o para mal.
Nos puede dar una sorpresa
agradable presentándonos a la persona perfecta con quien compartir nuestras
vidas; poniendo en nuestro camino a un buen amigo; dándonos la oportunidad de
encontrar el trabajo de nuestros sueños; ganando el premio gordo de la lotería;
haciendo que podamos cumplir nuestro deseo más preciado; recibiendo esa buena
noticia que llevábamos tanto tiempo esperando; otorgándonos aquello que tanto
anhelamos y que tanto trabajo y tiempo nos ha costado conseguir; dándonos esa oportunidad
que tanto tiempo llevábamos aguardando…
Así es la vida. Inesperada. En
ocasiones justa. La mayoría de las veces, de lo más injusta. Sobre todo, cuando
las sorpresas que nos da son desagradables. Entonces, dejan de llamarse
sorpresas y se convierten en disgustos, en desconcierto, en turbación, ¿y por
qué no decirlo? En una putada.
Como cuando la vida nos sorprende
con una inesperada enfermedad; con la traición del que creíamos era nuestro
mejor amigo; con la infidelidad del que creíamos nuestra fiel pareja; con la pérdida
de un ser querido; con el recibimiento de una mala noticia; con la aparición de
un problema que parece no tener solución y que nos roba la tranquilidad; con la
frustración de no poder conseguir aquello que tanto anhelamos; mostrándonos la
cara de la muerte; o, de manera repentina y totalmente de improviso, haciéndonos
protagonizar un giro de guión tan inesperado en nuestras vidas, que ni la mejor
película del mundo sería capaz de superar, porque como suele decirse, la
realidad siempre supera la ficción.
* * *
Jesús se encontraba en el
interior de la tienda de colchones del centro comercial. Pablo e Iván le habían
llevado hasta allí y le habían tumbado sobre una de las camas que se
encontraban expuestas al fondo de la tienda. Allí permanecería oculto y a salvo
de otros posibles asaltantes. Después, se habían marchado a buscar todo lo
necesario para curarle, y de paso recoger todo el oxígeno que encontrasen y que
les fuese posible transportar, si es que todavía quedaba algo en el almacén del
hospital. Habían vaciado el carro que contenía las bombonas que ya poseían, y
se lo habían llevado, dejando estas a buen recaudo escondidas en el almacén de
la tienda. Allí estarían seguras.
Jesús permanecía dormido. Pablo e
Iván habían encontrado un pequeño botiquín en uno de los restaurantes del
centro comercial, y en su interior habían hallado una caja de analgésicos.
Antes de marcharse le habían dado a Jesús un par de cápsulas para calmar el
dolor de su pierna. El medicamento no era demasiado fuerte, pero había
conseguido aliviar el malestar del joven y logrado que este estuviera más
tranquilo.
El muchacho descansaba sobre una
preciosa cama de anuncio, con cabecero de madera tallada a mano, colchón de látex
y sábanas de seda, aguardando el regreso de Pablo e Iván para ser curado. Pero
parecía que algo le perturbaba en sus sueños. Parecía inquieto, como si
estuviese soñando con algo que le angustiaba. Como si una pesadilla estuviese
alterando su descanso.
Jesús conducía un coche por una
vieja y solitaria carretera. Se trataba de un turismo de color rojo que le
resultaba de lo más familiar. Claro, le resultaba tan familiar porque era su
coche. O al menos lo fue antes de que acabara el mundo.
Viajaba sin rumbo y a demasiada
velocidad.
Pero ¿por qué conducía tan
deprisa?
Enseguida descubrió el motivo.
Otro coche le golpeó por detrás.
Se trataba de un monovolumen blanco cuyo conductor Jesús no lograba
identificar. No conseguía ver bien su rostro. Parecía que aquel tipo le iba
persiguiendo. Por eso Jesús conducía a tanta velocidad. Estaba huyendo de él.
Aquel coche intentaba sacarle de
la carretera.
Pero ¿quién era aquel loco? ¿Y por
qué le estaba siguiendo?
Jesús aceleró para alejarse de él,
pero el otro vehículo hizo lo mismo y volvió a situarse detrás suyo. Después,
su atacante le embistió de nuevo, golpeando otra vez la parte trasera de su
automóvil.
Aquel cabrón iba a matarle.
Jesús volvió a pisar el
acelerador y se alejó unos cuantos metros del otro coche, pero este aceleró también.
Esta vez se situó a la izquierda de su vehículo.
Allí, situado en paralelo al
coche de su atacante, Jesús pudo ver por fin el rostro de este. Para su
sorpresa era alguien que ya conocía. Alguien que no esperaba encontrar en el
interior de ese vehículo.
Era Pablo. El novio que había
aparecido de repente en su vida tras la catástrofe y del que apenas recordaba
nada. Este le miraba con odio a través de la ventanilla de su coche. Jesús le
devolvía la mirada, sorprendido y a la vez completamente aterrorizado.
En aquel momento, Pablo dio un
volantazo golpeando el coche de Jesús por el lado izquierdo. Este perdió el
control del vehículo, que se salió de la carretera y chocó contra el
guardarraíl. Jesús giró el volante para intentar regresar a la vía y recuperar
el control del coche, pero iba a tanta velocidad que el automóvil volcó, dando
varias vueltas de campana hasta quedar boca abajo en mitad de la calzada.
Todo se oscureció.
De repente, los ojos de Jesús se
abrieron. Ya no se encontraba en su coche. Se encontraba en la tienda de
colchones. Había vuelto a la realidad. Pero se sentía agitado. Tenía la
respiración acelerada y el corazón le latía a toda velocidad. Estaba asustado.
Estaba aterrado. Le invadían el pánico y el miedo, y le temblaba todo el cuerpo.
Ahora lo recordaba todo. Y es que
lo que acababa de ver en su cabeza no había sido un mal sueño o una espantosa
pesadilla. Se trataba de un recuerdo. El recuerdo de su accidente. El accidente
que le había llevado a estar ingresado en el hospital durante más de un mes. El
accidente por el que había permanecido en coma luchando por su vida, y por el
que había olvidado parte de sus recuerdos. Pero ahora estos habían vuelto.
Ahora lo recordaba todo a la perfección y con todo lujo de detalles.
Pablo provocó su accidente.
Su novio intentó matarle.
Ahora Jesús tenía todas las
piezas del puzle, y recordaba a su novio perfectamente. O mejor dicho, a su
exnovio. Recordaba cómo le había dejado por ser un maltratador. Por
controlarle, por humillarle, por separarle de su familia y sus amigos.
Pero sus recuerdos habían
regresado en el peor momento posible, ya que Iván estaba ahí fuera con Pablo.
Con un asesino. Con un psicópata. Y no había manera de avisarle. Estaba solo
ante el peligro, y no tenía ni idea del riesgo al que se exponía.
CONTINUARÁ...
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