RELATO GAY. EL INQUILINO DE ARRIBA 2. EL ORIGEN. CAPÍTULO 3: MALDITOS
Cristian y Pedro habían quedado
conmocionados por la muerte de su amigo Santi. Lo habían encontrado tirado en
el suelo, con las manos y los brazos completamente quemados debido a la
descarga eléctrica. Pedro y Cristian, tras reparar en el humo negro que había
llegado desde el salón hasta la cocina, acudieron corriendo para ver lo que
sucedía. Lo que menos esperaban, era hallar el cadáver de su amigo tirado en
mitad del comedor. Llamaron a emergencias, pero era demasiado tarde. Los
sanitarios no pudieron hacer nada por Santi. Con la ambulancia, llegó también
una patrulla de policía. Dos agentes estuvieron haciéndoles un montón de
preguntas. Les parecía sospechoso que, en un par de días, dos personas hubieran
muerto electrocutadas en el mismo edificio. A Cristian y Pedro también se lo
parecía. Demasiadas coincidencias y demasiada similitud entre los dos
accidentes.
Tras el interrogatorio en la
comisaría, Pedro había ido a visitar a la familia de Santi, para apoyarles en
aquellos duros momentos y ayudarles con los preparativos del entierro. Cristian
se uniría a ellos más tarde. Se había marchado a casa porque debía terminar
unos informes del trabajo, ya que tenía que entregarlos urgentemente al día
siguiente. Terminaría los informes, los enviaría por correo electrónico a la
oficina, y volvería enseguida junto a su novio y la afectada familia de su
amigo fallecido.
Antes de llegar a casa, Cristian entró
en un supermercado para hacer algunas compras, ya que había recordado que la
nevera estaba casi vacía, y a pesar de las terribles circunstancias, su novio y
él tenían que comer.
Recorrió los pasillos de la
tienda con una cesta en la mano, la cual fue llenando con algo de carne,
pescado, huevos, fruta y algunas verduras. Cuando tenía todo lo necesario, se
acercó hasta una de las cajas para pagar. Se fijó en el chico que se encontraba
delante de él en la fila. Creía conocerlo, aunque no podía ver su rostro porque
estaba de espaldas. Entonces, el muchacho giró la cabeza y Cristian pudo
reconocer a su amigo Sergio, un joven alto, pelirrojo, con el rostro cubierto
por unas adorables pecas, y unos ojos tan azules como el cielo despejado. Se
saludaron y estuvieron charlando mientras esperaban la cola para ser atendidos.
La mayor parte de la conversación se centró en la terrible muerte de su amigo.
Tras pagar y meter sus compras en bolsas, Sergio, que solamente había comprado
una barra de pan, se ofreció para ayudar a Cristian a llevarlo todo hasta casa.
Este aceptó encantado.
-Gracias por la ayuda- dijo
Cristian, tras salir del supermercado con una pesada bolsa en cada mano- Pedro
está con la familia de Santi, ayudándoles con los preparativos del funeral, y
no ha podido venir conmigo. Además, creo que me he pasado un poco comprando,
pero es que teníamos la nevera completamente vacía.
-No te preocupes, lo hago
encantado- respondió Sergio, que también llevaba dos pesadas bolsas en sus
manos- Además, no tengo prisa.
Caminaron un par de manzanas,
hasta llegar al edificio donde vivía Cristian. Atravesaron el portal y
caminaron hasta el ascensor. Pulsaron el botón de llamada, y el aparato tardó
tan solo unos segundos en bajar y abrir sus puertas. Los dos jóvenes pasaron al
interior y dejaron las pesadas bolsas en el suelo. Cristian pulsó el botón del
cuarto piso, y en cuestión de segundos ya estaban arriba.
Se abrieron las puertas del ascensor.
Cristian cogió sus bolsas y salió de él. Sergio tomó en sus manos la suyas,
pero con tan mala suerte que el fondo de una de ellas se rompió debido al peso.
Las manzanas, naranjas, peras, tomates y plátanos que había comprado Cristian, se
estrellaron contra el suelo del ascensor. Suerte que cada fruta estaba dentro
de su bolsa individual, si no se hubieran desparramado por todas partes.
-¡Mierda!- exclamó Sergio- ¡Estas
bolsas son una porquería! Enseguida lo recojo.
-Voy entrando- indicó Cristian,
caminando hasta la puerta de su apartamento.
Dejó las bolsas en el suelo un
momento, sacó la llave del bolsillo de su pantalón, abrió, y tras coger las
bolsas de nuevo, pasó al interior del piso.
Sergio, mientras, continuó
recogiendo la fruta. Cogió la bolsa de naranjas con una mano y con la otra la
de manzanas, pero no tenía manos suficientes para coger todo lo demás. Se
disponía a salir para dejar lo que había recogido, junto a la entrada del
apartamento de Cristian, y regresar a por el resto, cuando escuchó un extraño
chasquido. En ese momento, el ascensor se descolgó unos centímetros, para
después detenerse de golpe. Sergio se llevó un susto de muerte. El corazón comenzó
a latirle a mil por hora. Se dirigió a toda velocidad hacia la salida del elevador.
Justo en ese momento, el aparato se descolgó del todo, cayendo a toda
velocidad. El estruendo del ascensor estrellándose contra el suelo del primer
piso resonó por todo el edificio.
Cristian dejó las bolsas en el
suelo de la cocina y corrió a toda prisa por el pasillo para salir a comprobar
que había sucedido.
-¿Qué ha pasado?- preguntó a
gritos desde el vestíbulo.
-Necesito ayuda- escuchó decir a
Sergio desde el descansillo.
Al parecer, al joven le había
dado tiempo a salir del ascensor antes de que este cayera.
Cristian salió de su apartamento
y se quedó mudo al llegar junto a su amigo. Este estaba tirado en el suelo,
sobre un enorme charco de sangre. Esta manaba de sus piernas amputadas, las
cuales el ascensor había seccionado al descolgarse.
Cristian estaba paralizado.
Escuchó a lo lejos las voces de sus
vecinos, que comenzaban a salir de sus casas alertados por el ruido.
Pero las voces sonaban muy
lejanas. Cada vez más y más lejanas.
Cristian se estaba mareando.
Entonces, cayó al suelo y todo se
volvió negro.
CONTINUARÁ....
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