RELATO GAY: EL GRANJERO Y EL MOZO DE CUADRA. CAPÍTULO 3: LA PROPOSICIÓN
Guillermo atravesó la granja por el camino de tierra que recorría toda la hacienda, sosteniendo en sus manos la bandeja que contenía el desayuno de Héctor. Primero, pasó junto al establo donde se encontraban las ovejas. Un poco más adelante, junto al de las cabras. Después, pasó al lado de la porqueriza, donde los cerdos dormían plácidamente, y a continuación, junto al establo de las vacas. Continuó caminando, y observó a su izquierda como las gallinas correteaban dentro del gallinero, y como algunas ya habían puesto los primeros huevos de la mañana. Unos metros más allá, a la derecha del camino, se encontraban las cuadras de los caballos. Siguió caminando, dejándolas atrás, y por fin divisó la cabaña de los empleados al final del sendero.
A lo lejos, pudo ver como Lidia y Héctor charlaban
animadamente junto a la entrada de la vivienda. Ambos parloteaban y reían a
carcajadas. Tras tantos meses trabajando y viviendo juntos, se habían hecho muy
amigos.
Guillermo no podía evitar sentir un poco de envidia. Ellos podían estar allí, a la luz del día y a la vista de todos, charlando y riendo. Algo que Héctor y él jamás podrían hacer si querían guardar las apariencias.
Guillermo sabía que muchas tardes, Héctor y Lidia
salían a pasear por el campo, o iban a tomar algo a la taberna del pueblo.
Mantenían una bonita amistad. Solamente eso, ya era mucho más de lo que Héctor
y él podrían tener. Ellos jamás podrían hacer esas cosas. Ellos solamente
podían manifestar el amor que se profesaban, ocultándose tras los muros del
dormitorio de Héctor. Escondidos entre las sombras. Siempre temiendo ser
descubiertos. Lo suyo era un amor condenado a la oscuridad. Un amor secreto. Un
peligroso secreto que jamás debía salir a la luz.
Absorto en sus pensamientos, Guillermo
por fin llegó hasta la cabaña.
-Buenos días- dijeron Lidia y Héctor
al unísono, al verle aparecer.
-Buenos días, chicos- saludó
Guillermo.
-Yo ya me marcho a trabajar-
señaló Lidia- mis queridas cabras y mis preciosas ovejas, me deben estar
esperando como locas para salir a pastar. Tienen que estar hambrientas.
-Estupendo, luego nos vemos- dijo
Héctor, despidiéndose de su compañera.
-¡Que tengas un buen día!- añadió
Guillermo.
-¡Lo mismo digo! ¡Nos vemos al mediodía!
- dijo Lidia, abandonando la entrada de la cabaña y adentrándose en el camino
que llevaba hasta los establos.
Una vez que se hubo marchado, las
miradas de Héctor y Guillermo cambiaron. Se tornaron dulces y delicadas.
Dejaron de mirarse como patrón y empleado, para mirarse como dos auténticos
enamorados.
-Te traigo el desayuno- indicó
Guillermo, alzando la bandeja para mostrársela a Héctor, y entregándosela
después al muchacho.
-¡Gracias! Vamos dentro- dijo
este, mirando hacia todos lados para comprobar que nadie les observaba, y
encaminándose después hacia la puerta.
Guillermo hizo lo mismo. Miró a
su izquierda, luego a su derecha, y tras estar completamente seguro de que
nadie los veía, se introdujo en la casa tras su amante.
Una vez dentro, y tras cerrar
bien la puerta, Guillermo rodeó a Héctor con sus brazos por detrás, mientras le
besaba cariñosamente el cuello. Así, abrazados, caminaron juntos hasta la
cocina.
-¡Espera por lo menos a que deje
la bandeja!- exclamó Héctor con una enorme sonrisa en los labios.
-No puedo esperar- dijo Guillermo,
sin soltarle y sin dejar de besarle.
Se adentraron en la cocina. Héctor
dejó la bandeja torpemente sobre la encimera, mientras un cosquilleo recorría
todo su cuerpo debido a las caricias de Guillermo. El vaso de leche se tambaleó,
y hubiera caído al suelo derramando todo su contenido, si Héctor no lo hubiera
sujetado a tiempo.
Acto seguido, el muchacho se giró
hacia Guillermo, poniéndose frente a él y besándole apasionadamente en los labios.
Los dos hombres, se dirigieron hacia el dormitorio sin dejar de besarse, mientras
se arrancaban la ropa por el camino. Se lanzaron sobre la cama, frotando sus
cuerpos el uno contra el otro, con fervor, a la vez que se desnudaban
apresuradamente.
-Esto de traerme el desayuno a la
cama se está convirtiendo en una costumbre- dijo Héctor entre jadeos.
-Una estupenda costumbre- señaló
Guillermo, sin dejar de acariciar y besar a Héctor, mientras su respiración y
sus latidos se aceleraban cada vez más.
Se rindieron a la pasión. Se
abandonaron al deseo. Sus cuerpos se fundieron en uno solo, alcanzando la
felicidad completa. Una felicidad que pendía de un hilo. Un hilo muy fino y
delicado, que podía romperse en cualquier momento.
En la cocina, en la bandeja del
desayuno que descansaba sobre la encimera, se encontraba aquello que podía
romper aquel hilo: ese vaso de leche, a primera vista inofensivo, que acechaba entre
el resto de los alimentos como el más peligroso depredador, esperando su
momento.
* * *
Guillermo y Héctor estaban
tumbados sobre la cama, exhaustos. Estaban completamente agotados. El sexo
entre ellos siempre era así: intenso, salvaje, brutal, agotador… como un millón
de fuegos artificiales explotando a la vez; como el choque frontal entre dos trenes;
como las olas del mar rompiendo contra las rocas con violencia, en un día de
tormenta.
Permanecieron allí, desnudos y
abrazados sobre el colchón, con la respiración entrecortada, durante unos
minutos, hasta que Guillermo reparó en que ya debía marcharse.
-¡Tengo que irme!- exclamó este,
levantándose de un salto de la cama- Contigo se me va el santo al cielo. Voy a
llegar tarde a mi reunión con los distribuidores.
-A mí también se me pasa el
tiempo volando cuando estoy contigo- confesó Héctor mientras se incorporaba en
la cama hasta sentarse.
Guillermo comenzó a caminar por
la habitación completamente desnudo, buscando su ropa, que había quedado esparcida
por el suelo del dormitorio junto a la de Héctor, tras haberse arrancado las
vestiduras el uno al otro durante su arrebato sexual.
Héctor observaba el cuerpo
desnudo de Guillermo con deseo. Le encantaba todo de él. Tanto sus rasgos
físicos perfectos, como su personalidad arrolladora. Estaba completamente
enamorado. Lo tenía clarísimo.
-¿Por qué no nos fugamos?-
preguntó el joven de repente.
Las palabras salieron de su boca
súbitamente. Sin apenas pensar en lo que estaba diciendo. Expresó en voz alta
lo que sentía en aquel momento. Lo que realmente deseaba en ese mismo instante.
- ¡¿Qué?!- exclamó Guillermo, que
no sabía si había entendido bien la proposición de Héctor.
-¿Por qué no nos marchamos
lejos?- repitió el muchacho- ¡Vámonos juntos, donde nadie nos conozca, lejos de
Marta y de este pueblo! ¡Donde no tengamos que escondernos y podamos empezar de
cero!
-¿Estás bromeando?- preguntó
Guillermo confundido, ya que no se esperaba para nada aquella proposición.
-¡Claro que no, nunca he hablado
tan en serio!- respondió Héctor levantándose de la cama- Nos queremos, no
podemos negarlo, y aquí siempre vamos a tener que ocultarnos para que tu mujer no
nos descubra, o para que la gente del pueblo no sospeche lo que hacemos entre
estas cuatro paredes. ¿Por qué no marcharnos a un lugar donde no tengamos que
andar buscando el mejor momento del día para vernos? Un lugar donde no sentir
miedo cada vez que nos acostamos, por si somos descubiertos. Un lugar donde
podamos dormir abrazados, toda la noche y todas las noches, sin preocuparnos de
que tengas que salir corriendo para volver a la cama con tu mujer.
-¿Qué estás diciendo? No podemos
hacer eso- contestó Guillermo, mientras recogía sus pantalones y su ropa
interior, que acababa de encontrar a los pies de la cama- Yo tengo toda mi vida
aquí. Esta granja es mi vida.
-Pero no eres feliz. Aquí no
puedes ser tú mismo y lo veo en tu rostro cada día- indicó Héctor, acercándose
hasta Guillermo y acariciándole el rostro con las manos- Veo tu mirada triste
día tras día. Tus ojos melancólicos, cada vez que besas a tu mujer, deseando
que fuera yo quien recibe ese beso; tu mirada abatida, cada vez que pasas
frente a mi cabaña, aguantándote las ganas de entrar y estrecharme entre tus
brazos. Solamente se te ilumina el rostro cuando estamos juntos. Solamente en
esos momentos eres completamente feliz.
-No… no puedo- balbuceó Guillermo,
a la vez que se apartaba de Héctor y recogía su camisa, que se encontraba
tirada en el suelo junto al umbral de la puerta del dormitorio.
-¿Quieres ser infeliz toda tu
vida?- preguntó Héctor con la voz llena de tristeza- Solamente se vive una vez.
Hay que aprovechar los pocos momentos que nos ofrece la vida para ser felices.
Guillermo permaneció en silencio,
mientras se ponía su ropa interior, se enfundaba sus pantalones y, por último,
se ponía su camisa y se abrochaba los botones de esta a toda prisa.
-Deja que me lo piense- dijo el
granjero finalmente.
Después, se peinó un poco el
cabello con los dedos, besó a Héctor en los labios, y tras ponerse sus zapatos,
salió de la cabaña pensando en lo que el muchacho acababa de proponerle.
Héctor permaneció allí de pie
durante unos segundos, completamente desnudo, pensando en Guillermo.
Le quería y esperaba que tomase
la mejor decisión. La única manera que tenían de llegar a ser felices era
marchándose de allí.
Imaginó lo bonito que sería poder
estar juntos siempre que quisieran, sin tener que buscar el momento perfecto o más
adecuado para tener sus encuentros furtivos. Esos encuentros que siempre le
sabían a poco. Que siempre le dejaban con ganas de más.
Así, envuelto en sus
pensamientos, atravesó el dormitorio y se encaminó hacia la cocina. Estaba
muerto de hambre. Sus encuentros con Guillermo siempre le dejaban exhausto y
hambriento. Allí, sobre la encimera, vio la bandeja del desayuno que Marta había
preparado para él. Caminó hasta ella, y cogió el delicioso y tierno panecillo
con queso que le miraba diciendo: cómeme; al cual propinó un buen mordisco.
Después, tomó en su mano el vaso de leche que se encontraba junto a este.
Estaba sediento y tenía la boca bastante seca. Acercó el vaso peligrosamente a
sus labios, sin saber el peligro que corría. Sin saber, que aquel vaso de leche
acabaría con su vida si lo ingería. Sin saber, que estaba a un sorbo de la
muerte.
CONTINUARÁ...
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