RELATO GAY: EL GRANJERO Y EL MOZO DE CUADRA. CAPÍTULO 2: VENDETTA DE AMOR
Suele decirse que la venganza se
sirve en plato frío. Algunos, prefieren esperar el momento perfecto para
servirla en bandeja; otros, actúan por impulsos, sin pensar, para liberarse lo
antes posible de su dolor; hay gente que prefiere esperar a que el karma o la
vida castigue a los malhechores. Como suele decirse: “Siéntate a la puerta de
casa y pronto verás pasar el cadáver de tu enemigo”. Pero esto no lo
recomiendo, es un proceso demasiado lento y extenso, que incluso quizá no llegue nunca a
suceder; y hay personas, que, como yo, preferimos dejar que el odio cueza a
fuego lento. Que crezca día tras día, para que cuando llegue el momento, la
venganza sea perfecta, y así poder disfrutar cada segundo viendo como los culpables
pagan por sus crímenes. Deleitarnos devolviendo todo el dolor que nos han
infligido. Viendo caer a nuestros enemigos. Viéndolos sufrir.
Es cierto, que eso no nos va a
devolver nuestra pérdida.
Quizá tampoco nos haga felices y
puede que tampoco haga que el dolor desaparezca.
Pero ¡qué bien sienta una buena
venganza! ¿Verdad?
* * *
Marta ya estaba levantada. Había
sido la más madrugadora, como cada mañana. Había saltado de la cama con los
primeros rayos del sol, y tras asearse, se había encaminado hacia la cocina
para preparar el desayuno.
Sobre la encimera, se encontraba,
como siempre, una jarra llena de leche que ella misma había obtenido ordeñando
a sus queridas cabras; un cesto de panecillos y magdalenas, recién horneados,
cuyo delicioso aroma inundaba la cocina; y a su lado, un frutero lleno de
manzanas, también recién recogidas del árbol.
En aquel momento, como hacía cada
día, Marta estaba terminando de preparar las bandejas del desayuno para sus empleados, Héctor y Lidia, colocando en cada una de ellas un vaso de leche, un
panecillo con queso, una magdalena y una deliciosa manzana.
En ese mismo instante, Lidia entró
en la cocina.
-Buenos días- saludó mientras se
encaminaba hacia las bandejas del desayuno.
Se detuvo frente a ellas y agarró
la de su izquierda.
-Buenos días, querida-respondió
Marta- Tu bandeja es la de la derecha. Esa es la de Héctor.
-¡Oh, lo siento! Creía que eran
exactamente iguales- indicó Lidia, dejando la bandeja de la izquierda y tomando
la suya entre sus manos.
-En la tuya he puesto una manzana
más madura- señaló Marta con una enorme sonrisa en los labios- Sé que te gustan
más dulces y tiernas, en cambio a Héctor le gustan verdes y ácidas.
-Muchas gracias, Marta, siempre estás
en todo- dijo Lidia encaminándose hacia la salida- Me comeré esto en mi cuarto,
y en cuanto acabe, me llevaré a las ovejas y las cabras a pastar.
-Estupendo, nos vemos a la hora
de comer- se despidió Marta, mientras la joven abandonaba la casa.
Después, observó detenidamente la
bandeja de Héctor con una extraña mirada. Una mirada llena de odio. Miró el
vaso de leche que se encontraba sobre ella, mientras una malvada sonrisa se
dibujaba en su rostro. El vaso en cuyo interior, unos minutos antes, había
disuelto el veneno que usaba para matar a las alimañas del jardín. Un potente
veneno que utilizaba para acabar con los animales que devoraban las frutas y
verduras de su precioso huerto. Porque eso es lo que era Héctor: una alimaña
que se había introducido en su hogar para destruirlo. Para robarle a su marido.
Por eso debía morir. Tenía que pagar por su traición. Marta le había acogido en
su casa, le había dado un empleo, le había alimentado… ¿y cómo se lo había
pagado él? Acostándose con su marido.
¡Que abominación! Dos hombres
retozando sobre una cama.
Sí, Héctor debía morir. Ese sería
su castigo. Y el de Guillermo, hasta ayer mismo su querido esposo, sería el de
ver morir al hombre que amaba.
* * *
Guillermo entró en la cocina,
donde su esposa estaba terminando de amasar la mezcla de harina, agua,
levadura, aceite y sal, que después introduciría en el horno y se convertiría en
un delicioso y tierno pan. Como cada día, el granjero dio los buenos días a su
mujer, la besó en la mejilla y, cogiendo la enorme jarra que se encontraba
sobre la encimera, se sirvió un vaso de leche que bebió de un solo trago. Pero
aquel día, había algo distinto en el ambiente. Su esposa estaba rara. Esta no
le insistió para que desayunara algo más, como siempre solía hacer. En lugar de
eso, le pidió un pequeño favor.
-¿Te importa llevarle hoy también
el desayuno a Héctor?- le preguntó- Tengo mucho trabajo que hacer, y me vendría
muy bien una pequeña ayuda.
-Claro, no te preocupes-
respondió Guillermo con una sonrisa- Yo le acerco la bandeja antes de
marcharme.
-Muchas gracias- dijo Marta,
mientras moldeaba la masa de pan, convirtiéndola en pequeños panecillos, y los
iba colocando cuidadosamente en la bandeja del horno.
Guillermo agarró la bandeja que
contenía el desayuno de Héctor y se acercó hasta Marta para darle un beso de
despedida. La besó en la mejilla, pero esta ni siquiera se giró para devolverle
el beso. La notaba muy rara aquella mañana. Se comportaba de manera diferente a
como solía hacerlo. Mas fría. Guillermo supuso que sería debido al cansancio.
El trabajo en la granja era muy duro y agotador, y ella se encargaba de casi
todas las tareas, así que debía estar completamente agotada.
-Nos vemos, como siempre, a la
hora de comer- dijo Guillermo mientras se encaminaba hacia la puerta con la
bandeja en las manos.
-Hasta entonces- respondió Marta
mientras observaba como su marido abandonaba la vivienda.
Una sonrisa se dibujó en su
rostro nada más que este salió por la puerta. Pronto, esos dos malnacidos iban
a recibir su castigo. Uno, la muerte, y el otro, el insoportable dolor de
perder a la persona amada. El mismo dolor que había sentido ella al encontrar a
su marido retozando con el mozo de cuadra. En el mismo instante en que los
descubrió, supo que había perdido a su marido para siempre. Y ahora quería que
el sintiera lo mismo. Que perdiera también a la persona que más amaba.
¿Y qué mejor venganza podría
haber?
Que el mismo enamorado acabara
con la vida de su amante era justicia poética. Él le llevaría el veneno. El
acabaría con su vida sin saberlo. La culpa le atormentaría por siempre.
Sí, eso es lo que quería. Que su
marido pagara por el dolor que le había causado.
Que viviera atormentado de por
vida.
Introdujo los panecillos en el
horno con una malévola sonrisa en los labios.
<< La venganza se sirve en
plato frio>> pensó <<Pero ¿quién va a esperar que se la sirvan en
el interior de un vaso de leche?
Era perfecto.
Un inofensivo vaso de leche.
Algo tan simple.
Algo tan cotidiano.
Lo último que el amante de su
marido iba a beber antes de morir.
CONTINUARÁ...
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