RELATO GAY: EL GRANJERO Y EL MOZO DE CUADRA. CAPÍTULO 1: ENCUENTROS FURTIVOS
¿Cómo seguir adelante sabiendo lo que nos espera?
¿Cómo seguir viviendo, sabiendo que al final del camino nos
espera la muerte?
¿Cómo seguir adelante, sabiendo que el final de la historia
jamás será un final feliz?
¿Cómo seguir con nuestras vidas, si hemos dejado en el
camino a las personas que más amamos?
Cada uno debe encontrar su motivo para seguir viviendo.
Todos tenemos uno.
El mío, sin lugar a duda, es la fría y dulce venganza.
* * *
Guillermo y Marta vivían en una
pequeña aldea llamada SunnyTown. Llevaban seis años casados y eran propietarios
de una confortable y bonita granja que se encontraba a las afueras del pueblo. Allí,
el matrimonio cultivaba sus propias frutas y verduras; y también criaba sus
propias gallinas, ovejas, cabras, caballos, y demás animales, que les
proporcionaban alimento, y cuyos huevos, carne y leche vendían en el mercado de
la aldea obteniendo importantes ingresos, que utilizaban después, lo primero,
para darse algún capricho de vez en cuando, ya que la vida era demasiado corta
y había que disfrutarla al máximo, y también, claro está, para reinvertir en la
granja cuando había que arreglar algún desperfecto, llamar al veterinario para
que curase a alguno de los animales o comprar algún nuevo árbol frutal e
incorporarlo a su estupendo jardín.
Guillermo era un hombre de unos
cuarenta años, alto y bien parecido. Ya habían comenzado a aparecer algunas
canas en su cabello, pero eso le daba un aspecto bastante interesante y
seductor. Marta era una mujer de treinta y cinco años de edad, muy hermosa e
inteligente. Su cabello moreno le llegaba casi hasta la cintura, y sus bonitos
y enormes ojos marrones, no podían ocultar el amor que sentía por Guillermo
cada vez que le miraba cada mañana, cuando ambos despertaban al amanecer.
El matrimonio era la envidia de
todos los habitantes de la aldea. Les iba tan bien, que podían incluso
permitirse tener contratados a dos empleados para que les echasen una mano con
el duro trabajo de la granja: Héctor, el mozo de cuadra. Un joven de
veinticinco años, guapo y atlético, que había acudido a ellos hacía tan solo
seis meses, rogándoles que le proporcionaran un empleo, ya que lo había perdido
todo tras tener lugar un terrible incendio en la aldea donde vivía
anteriormente; y Lidia, una joven campesina de tan solo veinte años. Una
muchacha muy hermosa, de cabello rubio y sedoso, y con unos enormes y bonitos
ojos verdes. Esta se quedó huérfana con tan solo dieciséis años, y Guillermo y
Marta la acogieron en su granja y le proporcionaron trabajo como pastora,
para que cuidara de sus ovejas y cabras, sacándolas a pastar cada mañana y
encargándose de la limpieza del establo, de esquilar a las ovejas cada año para
vender su lana en el mercado, y de atenderlas cuando se ponían de parto o caían
enfermas.
Ambos empleados, vivían en la
cabaña que se encontraba en el extremo norte de la granja, donde cada uno tenía
su propia habitación, con todas las comodidades necesarias, y donde nunca les
faltaba un plato de comida casera preparada por la propia Marta.
Todo era perfecto en aquella
granja. Un matrimonio feliz, formado por unos grandes comerciantes de éxito,
que vivían con sus empleados en paz y armonía en un lugar privilegiado en mitad
de la naturaleza.
Pero no todo era tan magnífico
como parecía. Entre tanta perfección, existía un gran secreto. Un secreto que
Guillermo mantenía oculto a los ojos de todos. Sobre todo, oculto a los ojos de
su esposa Marta. Un secreto que compartía con Héctor, el mozo de cuadra.
Y es que cada vez que Guillermo
podía, casi siempre en la oscuridad de la noche, se escabullía y acudía al
encuentro de Héctor. Los dos hombres, ocultos en la habitación de este último o
en las propias cuadras, daban rienda suelta a sus pasiones más ocultas,
retozando juntos y uniendo sus cuerpos sudorosos hasta formar un solo ser.
En el tiempo que Héctor llevaba
trabajando en la granja, sin quererlo y sin darse a penas cuenta, poco a poco,
los dos hombres se habían ido enamorando. Un amor puro, verdadero, como el que
jamás habían sentido por ninguna otra persona. Un amor que nacía cada noche y moría
cada amanecer, para renacer de nuevo a la noche siguiente. Un amor que tenían
que mantener oculto, porque nadie más podría ser capaz de entenderlo.
Dos hombres enamorados.
¿Quién iba a entender algo así?
En el mejor de los casos, los
echarían de la aldea. En el peor, los matarían a pedradas en la plaza del
pueblo.
Además, Guillermo tampoco quería
hacer daño a Marta. Todo estaba mejor así. Ojos que no ven, corazón que no
siente. Todos serían más felices si Guillermo y Héctor mantenían su relación en
secreto.
Todo debía permanecer en su lugar,
al menos hasta el anochecer. Entonces, entre las sombras, podrían ser ellos
mismos, liberarse de sus máscaras y dejar paso al verdadero amor.
* * *
Guillermo se levantó al alba,
como cada mañana, con los primeros rayos del sol. Se vistió, se refrescó la
cara en el cuarto de baño, y acto seguido, bajó las escaleras hasta el piso
inferior. Caminó hasta la cocina, donde su mujer, que siempre era la más
madrugadora, ya tenía preparado el desayuno. Guillermo besó a Marta en la
mejilla, le dio los buenos días, y después, sacó un vaso del armario que se
encontraba encima del fregadero y lo puso sobre la encimera. A continuación,
agarró la jarra de leche que Marta había dejado preparada tras ordeñar a las
cabras nada más levantarse aquella mañana, y llenó el vaso con ella, casi hasta
el borde.
-¿Solo vas a desayunar eso?-
preguntó Marta.
-No me puedo entretener-
respondió Guillermo- tengo muchas cosas que hacer hoy.
-Debes alimentarte bien, el día
es muy largo y necesitarás fuerzas para aguantar de pie toda la jornada- señaló
Marta preocupada.
-Tranquila, mujer, tengo energía
de sobra- contestó Guillermo con una sonrisa en los labios.
-Está bien- dijo Marta con
resignación- Entonces voy a llevarle el desayuno a Héctor. Estará hambriento y necesitará
coger fuerzas antes de ponerse a trabajar. Lidia ya ha desayunado y se ha
llevado a las cabras y las ovejas a pastar. Esa chica es muy madrugadora.
Acto seguido, Marta se dirigió
hacia la bandeja que se encontraba sobre la encimera de la cocina, la cual
contenía un gran vaso de leche, un par de magdalenas y un panecillo con queso.
-Si quieres yo puedo llevarle el
desayuno a Héctor antes de marcharme- indicó Guillermo, adelantándose a su
mujer y tomando en su mano la bandeja rápidamente.
-No te preocupes, yo la llevaré.
No quiero que te entretengas- señaló Marta.
-No pasa nada, la cabaña de Héctor
y Lidia me pilla de camino, ya que se encuentra junto a la entrada. No es
ninguna molestia- respondió Guillermo sin soltar la bandeja.
-Está bien, no insisto más- dijo
Marta, rindiéndose por fin- Así empezaré antes con la limpieza de la casa.
-Estupendo, pues ya me marcho.
Nos vemos a la hora de comer- indicó Guillermo.
Acto seguido, besó a su mujer en
la mejilla, y tras despedirse, salió por la puerta con la bandeja del desayuno
en la mano, camino a la cabaña de Héctor.
Tardó un par de minutos en
atravesar la granja y llegar hasta la cabaña. Una vez allí, se introdujo en su
interior y caminó hasta el pequeño salón, donde dejó la bandeja sobre la mesa.
Parecía que Héctor no se había
levantado todavía.
Guillermo caminó hasta el
dormitorio y comprobó que estaba en lo cierto. Héctor todavía estaba metido en
la cama, profundamente dormido. El apuesto granjero, caminó hasta la cama y se
introdujo en su interior, junto a Héctor. Inmediatamente, comenzó a besarle el
cuello y a acariciarle la espalda.
-Se te han pegado las sábanas- le
susurró al oído.
Un rato más, por favor- rogó Héctor,
mientras se giraba en la cama hasta colocarse frente a Guillermo.
-Solo si me das un beso- contestó
este.
Inmediatamente, Héctor unió sus
labios a los de Guillermo, apasionadamente. Ambos se fundieron en un solo ser,
olvidándose del resto del mundo. Solo existían sus caricias, sus besos, el
contacto de sus pieles, su olor, su respiración entrecortada, sus cuerpos
sudorosos y ardientes…
No existía nada más.
Ni siquiera repararon en la
persona que les observaba desde la puerta: Marta, que miraba estupefacta como
su marido se besaba y retozaba sobre el colchón con el mozo de cuadra. La mujer,
sostenía en su mano una manzana, la cual había encontrado sobre la encimera de
la cocina, reparando en que había olvidado introducirla en la bandeja del
desayuno de Héctor. Por ese motivo, se había dirigido hacia la cabaña para
llevarle la fruta al muchacho, y al escuchar los gemidos que provenían de su cuarto,
no había podido resistirse a echar un vistazo dentro del dormitorio.
Y ojalá nunca lo hubiera hecho.
Lo que descubrió allí, se
clavó en su corazón como mil puñales al mismo tiempo.
Su marido acostándose con el mozo
de cuadra. Jamás lo hubiera imaginado. Si no los tuviera ante sus ojos, jamás
lo hubiera creído posible.
Marta dio media vuelta y se marchó
de la cabaña con los ojos llenos de lágrimas y el alma llena de rabia.
Aquello no iba a quedar así.
<<Esos mal nacidos van a
pagar por lo que me han hecho>> pensó << Van a pagar muy cara su
traición>>.
CONTINUARÁ...
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