RELATO GAY: EL DÍA DEL ÚLTIMO CREPÚSCULO. CAPÍTULO 17. FINAL: PARTIENDO HACIA UNA NUEVA VIDA
Jesús estaba completamente
pálido. Se agarraba con fuerza al volante del coche mientras conducía a través
de una desierta carretera secundaria. Había decidido tomar aquel camino ya que,
al ser una carretera poco transitada, encontraría menos obstáculos en su
recorrido. Era más seguro viajar por esta vía, ya que algunos tramos de la
autopista estaban bloqueados por multitud de vehículos abandonados, o que habían sufrido algún accidente el día que tuvo lugar el
apocalipsis.
La pierna le dolía horrores, pero
no le quedaba más remedio que aguantar el dolor y conducir si quería llegar a
tiempo a la estación espacial. Aunque el dolor de la pierna era lo que menos le
importaba en aquel momento. Se sentía fatal por lo que había hecho. La culpa le
atormentaba por haber asesinado a Iván. Le había matado con sus propias manos.
Después de que este le hubiera salvado la vida en diversas ocasiones. Después
de que este le hubiera curado la pierna, y le hubiera ayudado a moverse y
alimentarse cuando ni siquiera era capaz de ponerse en pie.
¿Cómo había podido hacer algo tan
terrible?
Jamás se lo perdonaría.
Debería haber buscado una
alternativa, pero en aquel momento no lo pensó. Se asustó. El miedo le hizo
actuar de aquella manera. El miedo a la muerte. No estaba preparado para morir,
y mucho menos de una manera tan horrible. No, lo único que le importaba en
aquel momento era llegar a la estación espacial y salir de aquel horrible
planeta en el que se había convertido la Tierra.
Intentó pensar en otra cosa.
Intentó dejar la mente en blanco. Imaginar lo que iba a encontrar en aquel
nuevo mundo. Dejar atrás los malos pensamientos y centrarse en la carretera. La muerte de Iván ya no tenía remedio. No servía de nada darle más vueltas.
El joven había dejado su bombona
de oxígeno en el asiento del acompañante del coche, junto a una botella de agua
de la que iba dando pequeños sorbos de vez en cuando, ya que tenía la garganta
seca.
Por si no tuviera bastante con el
dolor de la pierna; el traje de protección, junto con las gafas de sol, la
mascarilla de oxígeno y la capucha, le dificultaban todavía más la conducción,
ya que le impedían moverse con soltura y le hacían perder visión periférica, lo
cual era bastante peligroso. Por eso no conducía a demasiada velocidad.
Pasó junto a una señal que decía
que solamente faltaban dos kilómetros para llegar a la estación espacial.
El corazón comenzó a latirle a
toda velocidad.
Pronto todo acabaría.
En ese momento, algo llamó su
atención. A su izquierda, junto a la carretera, vio a un grupo de unas cien
personas. Estos llevaban, como era lógico, sus trajes de protección,
mascarillas y bombonas de oxígeno; pero lo que realmente sorprendió a Jesús fue
que iban armados. Portaban pistolas, rifles y metralletas, y además, muchos de
ellos también llevaban colgadas a sus espaldas enormes mochilas, donde
seguramente llevarían más armas.
A Jesús le invadió el miedo al
pasar junto a ellos, pero estos ni siquiera le miraron. Hicieron caso omiso a
su presencia y continuaron con sus asuntos. Al parecer, su objetivo no era
robar o asesinar a los supervivientes que se cruzasen en su camino.
Respiró aliviado cuando los dejó
atrás. Solo le faltaba meterse en problemas ahora, cuando todo iba a llegar a
su fin.
Condujo durante algunos minutos más,
y por fin, divisó a lo lejos la estación espacial. El lugar era enorme. Estaba
formado por tres enormes edificios blancos, rodeados por una gran explanada de más
de doce mil hectáreas. Dicha explanada, estaba completamente amurallada para
evitar que cualquiera pudiera acceder a su interior. Sus muros medían más de
tres metros de altura.
Jesús detuvo el coche junto al arcén
de la carretera. Después, agarró sus muletas y el diploma de Iván, que se
encontraban en el asiento trasero; cogió la bombona de oxígeno del asiento del
acompañante y se la colgó en la espalda, y seguidamente, se bajó del vehículo.
Avanzó a paso lento por el arcén
hasta llegar a un camino asfaltado que se abría a su izquierda, y que llevaba
hasta la entrada de la estación espacial. Una valla de más de tres metros de
altura recorría y cercaba dicho camino por ambos lados. Jesús comenzó a
recorrerlo a paso lento. A medida que se acercaba a la estación, se iba
poniendo más nervioso. Le sudaban las manos y el corazón le latía a mil por
hora.
Al final del camino, se hallaba
una enorme puerta de unos dos metros de altura, que estaba vigilada por dos
soldados. Estos estaban armados, cada uno con su respectiva metralleta, y
vestían unos trajes de protección especiales de color amarillo, que cubrían
todo su cuerpo, dejando a la vista solamente la zona del rostro, la cual estaba
protegida por un material especial transparente que impedía el paso de los
rayos ultravioleta.
Antes de llegar hasta la puerta, Jesús
se fijó en la enorme antena de comunicación que se elevaba al otro lado del
muro, y que debía medir más de treinta metros.
La estación espacial era
impresionante, como las que solían aparecer en las películas de ciencia
ficción.
Finalmente, llegó hasta la entrada.
Los dos guardias que la vigilaban le miraron con detenimiento, observándole de
arriba abajo.
-Buenos días- dijo uno de los
soldados, un joven corpulento de ojos verdes, cuyo rostro estaba cubierto por
una espesa barba pelirroja.
El otro guardia, cuyo labio
superior estaba cubierto por un frondoso bigote, y sus espesas cejas casi se
juntaban sobre el puente de su nariz, observó a Jesús con cara de pocos amigos.
-Buenos días- saludó el joven- he
venido por el mensaje de la radio.
-¿Trae algún documento que
acredite que es usted personal de primera necesidad?- preguntó el soldado de la
barba pelirroja.
-¡Claro!- respondió Jesús- Traigo
este título.
Tras decir esto, le entregó el
diploma al guardia.
Este lo tomó en su mano y lo
examinó con detenimiento.
-¿Tiene algún documento de
identidad para comprobar que este título realmente le pertenece?- preguntó el
soldado.
Jesús se quedó completamente
paralizado.
¿Cómo no había pensado en ello?
Claro que iban a pedirle un
carnet de identidad para comprobar si el título era realmente suyo. No iban a
permitir que cualquiera entrara en la estación sin antes asegurarse de que
realmente era quien decía ser.
¿Cómo había sido tan tonto?
-No… No… lo… he… traído-
respondió Jesús titubeando- Lo he olvidado.
-Entonces, me temo que no podemos
dejarle pasar- indicó el soldado de la barba pelirroja con semblante serio.
-Pero…- intentó decir Jesús.
-Lo sentimos. Retroceda y vuelva
con el documento de identidad, puede que todavía le dé tiempo a regresar a su
casa y volver aquí antes de que partan las naves- señaló el guardia del bigote.
En ese momento, Jesús escuchó un
gran alboroto a su espalda. Se giró, y vio a un grupo de gente que caminaba
hacia la entrada de la estación espacial. Enseguida los reconoció. Eran las
personas armadas que había visto en la carretera.
-¡Son los rechazados!- exclamó el
soldado de la barba pelirroja, señalando a la muchedumbre con el cañón de su
arma.
-¿Estás con ellos?- preguntó el
soldado del bigote, dirigiéndose a Jesús- ¿Estabas intentando colarte en la
estación?
-No, yo no estoy con ellos-
respondió el joven- No los había visto en mi vida.
-¡Retrocede!- gritaron los dos
soldados al unísono- ¡Retroceded todos!
El grupo de gente armada, a los
que el soldado había llamado “Los rechazados”, hicieron caso omiso a la orden
de los guardias y continuaron acercándose.
-¡Alto!- gritó el soldado del
bigote, encolerizado.
Jesús retrocedió cuando ambos soldados le apuntaron con sus armas.
Los rechazados, continuaron
avanzando hasta llegar al punto del camino donde se encontraba Jesús. Este
intentó marcharse, pero se vio rodeado por el gentío, que le bloqueó el paso.
-¡Nosotros también tenemos
derecho a viajar!- gritó uno de los rechazados, un hombre de mediana edad con
algo de sobrepeso- ¡También tenemos derecho a vivir!
-¡No podemos dejaros pasar!-
respondió el guardia de la barba sin dejar de apuntarles con su arma- ¡No hay
sitio para todos!
-¡Claro que si lo hay!- gritó una
mujer alta y delgada que debía rondar los treinta años- ¡Sois unos mentirosos!
Los rechazados comenzaron a
preparar sus armas para atacar.
Jesús estaba aterrorizado. Se había
visto envuelto en aquella batalla completamente por sorpresa. Intentó escapar,
pero la valla que cercaba el camino por ambos lados se lo impedía, y le resultó
imposible abrirse paso entre la gente, ya que con las muletas apenas podía
caminar.
El joven se vio arrastrado por la muchedumbre.
Los rechazados se acercaban cada
vez más a la entrada.
-¡Alto! ¡Es el último aviso!-
gritó de nuevo el soldado del bigote, sin dejar de apuntar con su arma a la multitud,
que se aproximaba cada vez más.
El otro guardia, el de la barba
pelirroja, cogió el walkie talkie que colgaba del cinturón de su traje de protección
y pidió ayuda.
-¡Necesitamos refuerzos en la
entrada!- exclamó.
-¡Dejadnos pasar!- vociferó un
joven que apenas debía tener dieciocho años, mientras apuntaba a los soldados
con su pistola.
Tras decir esto, el muchacho apretó
el gatillo y disparó en el hombro al soldado que acababa de pedir refuerzos. Este,
emitió un grito de dolor y cayó al suelo de espaldas, ante la atónita mirada de
su compañero.
El soldado del bigote, sin
pensárselo dos veces, abrió fuego contra la muchedumbre, disparando indiscriminadamente
a todo aquel que se le ponía a tiro. El guardia herido, se levantó como pudo y
se unió a su compañero, abriendo fuego también contra los rechazados. Las balas
alcanzaron a varios de ellos, que cayeron al suelo malheridos, mientras sus compañeros
respondían al ataque de los guardias disparándoles también sin piedad.
Jesús se vio de repente envuelto
en aquel fuego cruzado. Estaba aterrado. Comenzó a huir tan rápido como pudo,
ayudándose de sus muletas. Escuchaba el sonido de los disparos a su espalda y
el silbido de las balas que pasaban volando junto a su cabeza, mientras trataba
de abrirse paso entre la gente.
Las alarmas de la estación
comenzaron a sonar, y una voz anunció por megafonía que se iba a realizar una
evacuación de emergencia.
Jesús vio como los muertos
comenzaban a amontonarse a su alrededor. Vio como una bala impactaba en la
cabeza de un hombre que se encontraba a su lado, matándolo al instante. La
sangre de este salpicó su traje de protección, tiñéndolo de rojo. Las gotas de
color carmesí comenzaron a resbalar por el traje de plástico mientras el joven
las miraba horrorizado. En ese momento,
dos balas impactaron en la espalda de Jesús. Una en la zona dorsal, atravesando
su cuerpo y saliendo por su pecho. La otra, impactó en su zona lumbar y salió
por su abdomen. El joven cayó al suelo, junto a los cadáveres de varios
rechazados que también habían sido alcanzados por las balas de los guardias. Allí
tirado, vio como los soldados eran acribillados por las balas de los rechazados
que aún quedaban con vida. Los militares cayeron al suelo, muertos.
Acto seguido, el joven rechazado
que había disparado su pistola e iniciado aquel tiroteo, se acercó hasta los
cadáveres de los guardias y registró sus ropas, hasta dar con la tarjeta
magnética que abría la puerta principal de la estación espacial. Después, con
ella en la mano, corrió hasta la entrada y la acercó hasta el lector de
tarjetas que se encontraba a la derecha de esta. El lector emitió un pitido, y
el color rojo que hasta aquel momento podía verse en su pantalla, pasó a ser
verde, y la puerta se abrió. Los rechazados la empujaron violentamente e
irrumpieron en la estación, disparando indiscriminadamente a todo aquel que se
cruzaba en su camino, ya fueran civiles, soldados o científicos.
<<Han enloquecido>>
pensó Jesús mientras observaba desde el suelo aquella terrible escena
<<El odio les ha hecho perder la razón. El odio y el miedo a la muerte>>
El mismo miedo que había sentido
él. El mismo miedo que le hizo acabar con la vida de Iván. Así que, quién era él
para juzgarles.
La gente corría de un lado a
otro, intentando escapar.
En el interior de la estación, los
militares guiaban a los ciudadanos hasta las naves para iniciar el despegue de
emergencia.
Los rechazados volvieron a abrir
fuego. Decenas de personas cayeron al suelo al ser alcanzadas por los disparos.
Los guardias contraatacaron, y algunos
rechazados perecieron bajo sus balas.
Aquello era una guerra. Una
guerra por la supervivencia. Una guerra sin sentido, como todas las guerras.
Por no saber llegar a un acuerdo. Por no saber encontrar una solución mediante
la cual todas las partes salieran favorecidas.
Porque siempre hay una solución.
En una guerra no hay buenos ni malos. Hay dos partes que no consiguen ponerse
de acuerdo. Que no consiguen hallar una salida. Que no consiguen resolver un
problema de manera que todos salgan beneficiados.
Pero siempre hay otra salida.
Siempre hay una alternativa a la violencia.
Pero no, el ser humano no actuaba
así. Actuaba por impulsos. Con crueldad. Actuando antes de pensar. Como
siempre, por no saber convivir con los que son diferentes. Por considerar a
unos ciudadanos superiores y a otros inferiores.
El mismo problema de siempre. La
historia que se lleva repitiendo año tras año. Siglo tras siglo. Generación
tras generación.
Jesús, se arrastró por el suelo
con ayuda de sus manos y atravesó la puerta de la estación espacial. Estaba
malherido. Se estaba desangrando.
Allí, tirado sobre el pavimento, pudo
ver el caos que se había desencadenado en el interior de la estación.
Desde allí abajo, podía ver
perfectamente la explanada que rodeaba el centro espacial. Vio a gente huyendo;
gente que era tiroteada; vio cientos de cadáveres por el suelo; y también, vio
las cinco enormes naves que habían sido construidas para evacuar a la
población. Estas medían más de doscientos metros de longitud y setenta metros
de altura. Eran de color blanco y tenían forma ovalada. En su zona inferior,
cada nave tenía tres enormes propulsores, que serían los encargados de hacer
que los vehículos despegasen. Se habían habilitado unas plataformas, provistas
de peldaños, para que la gente pudiese subir a los vehículos espaciales. Muchos, ascendían a toda velocidad por dichas plataformas ayudados por los soldados, introduciéndose seguidamente en las naves. Sus caras, reflejaban el terror que sentían en aquel momento. Todos querían ponerse a salvo. Corrían con todas sus fuerzas, intentando llevar a cabo a toda prisa la
evacuación de emergencia.
Algunos rechazados sacaron de sus
mochilas varios proyectiles, que parecían ser cócteles molotov, los encendieron
con sus mecheros y los lanzaron contra una de las naves. Después, se alejaron a
toda prisa mientras esta comenzaba a arder. Acto seguido, la nave espacial
explotó en mil pedazos con cientos de personas en su interior. Inmediatamente,
se dispusieron a hacer lo mismo con el resto de los vehículos espaciales.
Lo último que Jesús vio antes de
morir desangrado, fue al ser humano arruinándolo todo, como siempre. Al ser
humano iniciando una nueva guerra. Quizá la última. Al ser humano condenado a
extinguirse a causa de su propia estupidez. Al ser humano, el ser menos humano
que existía, haciendo lo que mejor sabía hacer: destruir todo lo que tocaba.
Y es que la historia siempre se
repite. El odio, la discriminación, la envidia, la avaricia, el egoísmo… solo
llevan a la destrucción.
Esa era nuestra asignatura
pendiente, pero no aprendimos la lección a tiempo y suspendimos la materia.
Ahora, ya es demasiado tarde.
Los ojos de Jesús se apagaron.
La oscuridad lo invadió todo.
Su cuerpo quedó tendido en el
suelo sobre un enorme charco de sangre.
Ahora, ya no hay más
oportunidades.
FIN
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