RELATO GAY: EL DÍA DEL ÚLTIMO CREPÚSCULO. CAPÍTULO 16: CARRETERA HACIA LA LIBERTAD
Cuando todo parecía ir bien.
Cuando creíamos que todo se estaba arreglando y que la historia iba a tener un
final feliz, la vida nos golpea de nuevo con otra desgracia.
Ese pequeño no debería haber
muerto. Deberíamos haber estado más pendientes de él. Pero si ni siquiera
sabíamos su nombre. Este nuevo mundo no es seguro para nadie, y mucho menos lo
era para un niño que todavía no comprendía nada de lo que estaba sucediendo. Me
siento culpable, y creo que Jesús también. Le encuentro distante. Apenas me ha
dirigido la palabra desde que encontramos el cadáver del pequeño. Le noto
ausente. Durante el trayecto en coche hasta mi casa, donde ahora nos encontramos,
ha permanecido en absoluto silencio.
Tras encontrar el cuerpo del
chiquillo, lo llevamos hasta un pequeño parque cerca del centro comercial, y lo
enterramos en una zona apartada y tranquila. Después de desearle que hallase por fin la paz, y que se reuniese con su familia allá donde quiera que vayan las almas
tras la muerte, decidimos ponernos en marcha. Debíamos ir a la estación
espacial, y solamente faltaban dos días para que las naves partieran hacia el
nuevo planeta que los científicos habían descubierto. Teníamos que darnos
prisa.
Tristes y apesadumbrados,
preparamos nuestro equipaje, cogimos comida y agua del supermercado del centro
comercial, y dispusimos las pocas bombonas de oxígeno que nos quedaban para
llevárnoslas.
Acto seguido, salimos al aparcamiento
y examinamos los coches que había allí aparcados uno a uno, hasta dar con un
vehículo que todavía tuviese gasolina, y lo más importante, la suficiente para
poder llegar a la estación espacial. No tardamos demasiado, ya que los coches que estaban allí estacionados habían permanecido intactos desde el día del incidente, tal
y como los habían dejado sus dueños, que tristemente habían fallecido en el centro comercial.
El elegido fue un turismo de
color azul. Jesús forzó la cerradura y se introdujo en él. Con unos alicates
que habíamos cogido de la ferretería del centro comercial, extrajo los cables
de encendido, los de arranque y los de la batería del vehículo, los peló, y
después, tras un par de intentos, como por arte de magia, los unió hasta que
saltaron chispas y lo logró. Consiguió ponerlo en marcha.
Con ayuda del carro que nos había
resultado tan útil durante nuestra aventura, llevamos el equipaje, la comida,
el agua y el oxígeno hasta el coche, y lo metimos todo en el maletero.
Ya estábamos listos.
Nos metimos en el vehículo, yo en
el lado del conductor, ya que Jesús no podía conducir con la pierna herida, y
este en el lado del acompañante, y comenzamos nuestro viaje.
Condujimos sin problemas, ya que como es lógico no había tráfico. Encontramos algún vehículo estacionado en mitad de la carreta, pero lo esquivamos sin grandes dificultades y continuamos nuestro camino.
Durante el trayecto, como ya he
dicho, Jesús no me dirigió la palabra. Estaba cabizbajo y parecía distraído.
Nos habían sucedido muchas desgracias y en muy poco tiempo, y la muerte del
pequeño había sido la gota que había colmado el vaso.
Decidí dejarle su espacio.
Por el camino, pasamos frente al
apartamento donde vivía mi madre. Estuve tentado de parar el coche y echar un vistazo,
pero logré contenerme. Recordé por lo que había pasado Jesús cuando fuimos a la
casa de sus padres y encontramos los cadáveres de estos. Sabía lo que iba a
encontrar en el piso de mi madre, y preferí conservar su recuerdo de cuando aún
estaba viva, a recordarla como un cadáver putrefacto. Ella vivía allí sola
desde que yo me marché de casa, hace ya cinco años. Vivimos juntos hasta que terminé
mis estudios y pude independizarme. Los dos solos. Mi padre nos abandonó cuando
yo tenía doce años y formó una nueva familia. No le guardo rencor. Incluso me
afecta un poco saber que probablemente también haya muerto, ya que, a pesar de
todo, era mi padre. Pero, por otro lado, tampoco pienso llorar por él. Durante
muchos años, actué como si este hubiera muerto, y después, cuando logré
perdonarle, se convirtió en un auténtico desconocido. No vivíamos demasiado
lejos el uno del otro. Él conocía mi dirección y yo la suya, pero apenas nos
veíamos. Fue doloroso, no obstante, eso ya está superado. Ahora ya no importa.
* * *
Tras una hora conduciendo, por
fin hemos llegado a nuestro destino.
La primera parada es mi casa,
donde ahora me encuentro escribiendo este diario, sentado en el sofá del salón.
Hemos buscado mi título de
enfermería y ya lo hemos puesto a buen recaudo, porque sin él no nos dejarán
viajar. Debemos acreditar que somos profesionales de primera necesidad, ya que
estos tienen prioridad para obtener una plaza en la nave.
Ahora, cogeremos de mi
apartamento todo lo que podamos necesitar, y nos marcharemos a toda prisa. Volveremos a montarnos en el coche e iremos a
casa de Jesús para que este pueda coger su título de magisterio.
Pronto estaremos en la estación espacial, montándonos en una nave y viajando hacia un nuevo mundo. Tengo ganas de ver cómo será ese nuevo planeta, y de quitarme por fin esta molesta mascarilla de oxígeno, y esta pesada bombona que ahora tenemos que ir cargando a todos lados. Ganas de volver a la normalidad, y…
* * *
-Aquí está mi título- señaló Iván,
mostrándole a Jesús el diploma de tamaño DIN A3 que sostenía en su mano.
-Estupendo- respondió este- por
cierto, me encanta tu apartamento. Ojalá nos hubiéramos conocido en otras
circunstancias. Me hubiera gustado vivir aquí contigo.
La voz del joven sonaba triste.
-Podremos vivir juntos en el
nuevo planeta- indicó Iván- Allí tendremos nuestra propia casa, ya lo verás.
Jesús guardó silencio y recorrió
el salón con la mirada.
-¿Y estos trofeos?- preguntó el
joven señalando una estantería llena de premios que se encontraba al fondo de la
estancia- No me habías dicho que jugabas al tenis, y además por lo que parece
eres todo un profesional.
-Es uno de mis hobbies, tampoco
es para tanto- contestó Iván con modestia.
Jesús caminó hasta la estantería
y tomó uno de los premios en su mano para observarlo más de cerca. Este tenía
forma de raqueta, con una pelota de tenis pegada en sus cuerdas. El trofeo era
de plata, y su pie de mármol, por lo que era bastante pesado.
-Voy a tomar unas notas en mi
diario- indicó Iván mientras dejaba su título sobre la mesa del salón- Me
sentaré en el sofá. Estás en tu casa, puedes echar un vistazo por el
apartamento y cotillear todo lo que quieras.
Jesús continuó observando los
premios y leyendo las inscripciones que estaban grabadas en ellos.
Iván cogió su bolígrafo y su
diario, que se encontraban sobre la pequeña mesita que estaba situada frente al
sofá del salón, y tomó asiento. Abrió el cuaderno por la última página escrita,
sostuvo el bolígrafo en su mano con decisión, y comenzó a escribir mientras Jesús,
a su espalda, continuaba inspeccionando el apartamento.
Iván relató sus vivencias de
aquel último día, su viaje en coche, sus sentimientos… Todo lo que creía
necesario escribir para dejar constancia de como había sido para el ser humano
pasar por aquella terrible situación.
Se detuvo un momento para pensar.
Giró el bolígrafo entre sus dedos durante unos segundos, y continuó
escribiendo:
<< Pronto estaremos en
la estación espacial, montándonos en una nave y viajando hacia un nuevo mundo.
Tengo ganas de ver cómo será ese nuevo planeta, y de quitarme por fin esta
molesta mascarilla de oxígeno, y esta pesada bombona que ahora tenemos que ir
cargando a todos lados. Ganas de volver a la normalidad, y… >>
De repente, todo se volvió negro para
Iván. Cayó hacia un lado en el sofá, y su cuaderno y su bolígrafo salieron
volando de sus manos.
A su espalda, se encontraba Jesús,
sosteniendo en su mano el pesado trofeo que tenía forma de raqueta de tenis.
Trofeo con el cual había golpeado a Iván en la cabeza.
<<Lo siento. Te quiero,
pero me quiero más a mí mismo. Te he mentido. No soy profesor. Soy un simple
camarero. Un estúpido camarero al que no dejarán viajar en esa nave por no ser
un profesional indispensable. Y yo quiero sobrevivir. Quiero tener otra
oportunidad. ¿Es que yo no merezco una plaza en esa nave? ¿Y por qué? ¿Solamente
porque no tengo estudios? Lo siento mucho, pero yo también merezco vivir.
Necesitaba tu título para viajar. Ahora ya lo tengo>> se dijo Jesús a sí
mismo, mientras observaba el cadáver de Iván. El golpe en la cabeza que le había
propinado con la base del trofeo, había fracturado el cráneo del joven, matándolo
al instante.
Tras reflexionar durante unos
minutos sobre lo que había hecho, frente al cadáver del muchacho, y tratar de
convencerse a sí mismo de que tenía que hacerlo para sobrevivir, Jesús caminó a paso ligero hasta la mesa del salón apoyándose en sus muletas, cogió el título de Iván y salió del apartamento a toda
prisa. Debía llegar cuanto antes a la estación espacial.
CONTINUARÁ...
- https://play.google.com/store/books/details/Daniel_Sanchez_de_la_Nieta_Rico_Terminal?id=XbBUDwAAQBAJ








Comentarios
Publicar un comentario