RELATO GAY: EL DÍA DEL ÚLTIMO CREPÚSCULO. CAPÍTULO 15: UN VIAJE PELIGROSO
Los viajes son emocionantes.
Está la ilusión de conocer nuevos
lugares, los nervios y la impaciencia que nos envuelven cuando se acerca la
fecha de partida, la felicidad que sentimos al compartir el camino con la
persona adecuada, el salir de nuestra zona de confort y vivir nuevas aventuras…
Pero todo esto solamente ocurre
cuando se trata de un viaje de placer.
Cuando el viaje es por nuestra
supervivencia, la cosa cambia. El miedo te envuelve al saber que puedes
encontrar mil peligros en el camino. Te invade el temor, al no saber lo que vas
a encontrar en el lugar de destino. Temor a lo desconocido. A la incertidumbre.
Sientes pánico al no saber lo que te deparará el futuro. Pavor, al saber que
quizá jamás logres alcanzar tu meta.
Y es que a veces, los viajes
pueden ser muy peligrosos, ya que sabemos cómo y dónde empieza nuestra marcha,
pero no sabemos cómo y dónde concluirá.
* * *
Iván se encontraba sentado en el
suelo de la tienda de colchones, con la espalda apoyada contra la pared. La pequeña
tienda estaba llena de velas. Estas iluminaban el lugar, que continuaba a
oscuras tras el corte de electricidad ocasionado por la lluvia ácida.
El joven apagó la radio tras
escuchar el comunicado emitido desde la estación espacial de la ciudad. Después
de que Jesús le mostrase la emisión, el muchacho la había oído más de diez veces.
No terminaba de creérselo. Al fin una buena noticia. Si aquello era cierto,
quizá todavía no había llegado el final.
Alumbrado por la tenue luz de los
cirios, Iván terminaba de adaptar el traje de protección que había cogido en el
hospital, para que el niño pudiera ponérselo. Había cortado por aquí y cosido
por allá, hasta ajustar el traje a la talla del pequeño.
Jesús descansaba sobre la cama.
Estaba despierto, ya que apenas había podido dormir pensando en el mensaje de
la radio. Iván le había curado la pierna, suturado la herida, y después se la había
vendado. También le había administrado analgésicos para el dolor y antibióticos
para evitar que sufriera alguna infección. El pequeño dormía a su lado. Este no
había pronunciado ni una sola palabra desde su llegada. Iván y Jesús le habían
duchado y cambiado de ropa, y después, el pequeño había vuelto a dormirse. Era
normal. Estaba traumatizado. Había estado junto a los cadáveres de sus padres
durante días. Aquello volvería loco a cualquiera. Jesús observó al crío con
detenimiento desde su lado de la cama. Se le veía tan indefenso durmiendo así,
tan plácidamente. Tras ducharle, le habían puesto un pijama amarillo con un
estampado de caras de ositos, que habían encontrado en la sección de ropa
infantil del centro comercial, y el chiquillo estaba de lo más mono. Era una
pena que siendo tan pequeño hubiera sufrido tanto.
Tras observar cómo dormía el crío
durante algunos minutos, Jesús se incorporó en la cama hasta sentarse y miró a Iván.
-¿Todavía estás despierto?- le
dijo.
-Quiero terminar esto para que
mañana podamos salir hacia la estación espacial lo más pronto posible- respondió
Iván, que estaba bastante alterado por como se habían complicado las cosas en
tan poco tiempo.
-Debemos descansar- indicó Jesús-
el viaje será largo, y ya sabes que primero debemos pasar por tu casa para
recoger tu título de enfermería, y después por la mía para recoger el mío de
magisterio. Sin ellos no nos dejarán viajar.
-Es curioso, hemos estado un mes
viviendo aquí juntos, y acabo de enterarme de que eres profesor- señaló Iván.
-Supongo que teníamos cosas más
importantes de las que hablar- contestó Jesús.
-La estación espacial se
encuentra a veinticinco kilómetros de aquí- indicó Iván, preocupado- ¿Cómo
vamos a hacer para llegar hasta allí a tiempo?
-Tranquilo, si encontramos un
coche que todavía disponga de gasolina, puedo puentearlo y ponerlo en funcionamiento-
apuntó Jesús.
-Eres el primer profesor de
primaria que conozco que sabe hacer eso- señaló Iván, dando la última puntada
al traje de protección del niño y dejándolo a un lado en el suelo- por cierto,
¿por qué no hemos cogido un coche antes para desplazarnos?
-Supongo que porque entonces no
teníamos ningún sitio al que ir. Íbamos sin rumbo y totalmente perdidos. Ahora
tenemos un lugar al que acudir. Un destino. Una meta. Una luz al final del
túnel- respondió Jesús.
Después, arropó bien al pequeño,
que continuaba durmiendo plácidamente a su lado, y se incorporó hasta colocarse
en la postura adecuada para que la pierna no le impidiera dormir debido al
dolor.
Iván se levantó del suelo, caminó
hasta la cama y se introdujo en ella, junto a Jesús. Le abrazó, se retiró la
mascarilla de oxígeno durante un segundo y le besó en la mejilla. Después,
volvió a colocarse la mascarilla en su lugar.
-Que descanses- le dijo- mañana
nos espera un largo viaje, y no sabemos lo que encontraremos en nuestro
destino. Al menos, pase lo que pase, nos tenemos el uno al otro.
-Todo saldrá bien, lo sé- contestó
Jesús.
-Eso espero- indicó Iván con voz
apesadumbrada- He activado el despertador de la radio para que suene a las
siete de la mañana. A esa hora nos pondremos en marcha y empezaremos nuestro
viaje para poner fin a toda esta locura. Pronto todo esto nos parecerá una mala
pesadilla. Buenas noches.
Tras decir esto, ambos cerraron
los ojos y se dispusieron a dormir, pensando en la mañana siguiente, y en el
peligroso e imprevisible viaje que les esperaba al despertar.
* * *
El radio despertador se puso en
marcha y empezó a emitir a todo volumen el comunicado de la estación espacial.
Iván y Jesús abrieron los ojos poco a poco al escuchar la locución. Tras unos segundos de confusión, durante los cuales ni siquiera sabían de donde procedía aquella voz, despertaron completamente.
Medio adormilado, Iván se levantó
de la cama y caminó hasta la radio, que se encontraba sobre una pequeña mesita
en el otro extremo de la tienda. La habían colocado allí para no correr el riesgo
de apagar el aparato y seguir durmiendo como si nada, ya que al encontrarse lejos de la cama tendrían que levantarse a la fuerza para desconectarlo. El joven apagó el radio
despertador, y se estiró para desperezarse.
Jesús continuó tumbado sobre la
cama, sin moverse.
-No te duermas- dijo Iván-debemos
marcharnos cuanto antes.
-Cinco minutos más- rogó Jesús,
ya que le daba muchísima pereza levantarse tan temprano.
Iván se giró hacia él, y entonces,
reparó en que el pequeño no se encontraba a su lado.
-¿Dónde está el niño?- preguntó Iván,
recorriendo la tienda de colchones con la mirada.
Jesús se incorporó hasta sentarse
y miró el lado de la cama donde debería estar el chiquillo.
-Quizá haya ido al cuarto de
baño- dijo.
-Puede que sí, voy a buscarlo-
indicó Iván encaminándose hacia el cuarto de baño de la tienda.
Jesús alargó el brazo hasta las
muletas que Iván le había traído del hospital. Estas se encontraban junto al
cabecero de la cama. Después, se puso en pie apoyándose en ellas, con cierta
dificultad debido al dolor.
Iván regresó del cuarto de baño
con cara de preocupación.
-El niño no está aquí- señaló.
-Quizá tenía hambre y ha ido a
por comida al supermercado del centro comercial, o puede que a la sección de
juguetes, o simplemente a dar una vuelta- dijo Jesús, intentando encontrar una
respuesta lógica a la ausencia del niño.
-Vamos a buscarle, tenemos que
marcharnos de aquí cuanto antes-indicó Iván.
Ambos salieron de la tienda de
colchones y recorrieron el centro comercial de arriba abajo. No encontraron al
pequeño por ninguna parte.
¿Dónde se había metido?
Decidieron volver a buscarle y
recorrer el edificio una segunda vez.
El niño estaba asustado y
traumatizado, quizá se había escondido en algún lugar para evitar que aquellos
dos desconocidos le encontrasen. A Iván y Jesús no les extrañaba aquel comportamiento. Aquella
situación debía ser muy estresante para un chiquillo tan pequeño, y más aun
encontrándose de repente con dos personas que no conocía de nada.
Tardaron más de dos horas en
registrar de nuevo cada rincón del centro comercial. Los dos jóvenes estaban
agotados. Se detuvieron unos minutos junto a la ventana de la segunda planta
para descansar, y echaron un vistazo al exterior. Entonces, lo vieron. Vieron a
lo lejos el pijama amarillo con ositos que llevaba puesto el pequeño. El niño
estaba tumbado sobre el asfalto del aparcamiento, completamente inmóvil entre
dos coches. Las lágrimas afloraron a los ojos de Iván y Jesús al descubrir que
el pequeño había muerto. Mientras dormían, el niño se había levantado de la
cama y había salido del centro comercial sin su traje de protección. El
chiquillo todavía no entendía lo peligroso que era el sol en aquel momento. Había fallecido debido a las terribles
quemaduras provocadas por los rayos ultravioleta. Lo único que quería el
pequeño era regresar al hospital con sus padres. Reunirse otra vez con ellos.
Iván y Jesús intentaron consolarse pensando que, si existía otra vida después de
la muerte, el famoso cielo, o el más allá, con suerte, puede que el pequeño finalmente
consiguiera reencontrarse allí con su familia de nuevo.
CONTINUARÁ...
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