RELATO GAY: EL DÍA DEL ÚLTIMO CREPÚSCULO. CAPÍTULO 10: VILLANOS
Llega un momento en la vida en
que nos toca ser fuertes. No nos queda más remedio. Nos toca armarnos de valor
y enfrentarnos a nuestros miedos con todas nuestras fuerzas. Debemos ser
valientes. No tenemos otra opción. Y entonces, descubrimos que somos más
fuertes de lo que creemos.
Si ahora, según están las cosas,
pensamos en lo que nos daba miedo en el antiguo mundo, seguramente nos parecerá
absurdo haber sentido miedo por algo que ahora consideramos tan insignificante.
Antes, podíamos tener miedo a confesarle
a la persona que nos gustaba lo que sentíamos, miedo a decir te quiero, miedo a
salir del armario, miedo a enfrentarnos a nuestro acosador del instituto, miedo
al homófobo de turno, miedo a decir lo que pensábamos realmente, miedo a la
oscuridad, miedo a la enfermedad, miedo a la muerte, miedo a sentir miedo…
Miedo, miedo y más miedo. Pero
realmente no sabíamos el significado de esa palabra.
Ahora, en este nuevo mundo, el
mayor miedo que todos sentimos es enfrentarnos al apocalipsis. Miedo a
enfrentarnos a lo desconocido. Y miedo a la muerte, que nos aguarda en
cualquier rincón esperando para saltar sobre nosotros y atraparnos en sus
redes.
Aunque con el infierno desatado
en la tierra, no se si es mejor morir, o seguir viviendo.
* * *
Iván miraba a los cuatro intrusos
que habían irrumpido en el centro comercial. Estos llevaban unos trajes de
protección idénticos a los que vestían Jesús y él, lo cual quería decir que, o
también eran sanitarios, o habían robado aquellos trajes en algún hospital
cercano.
Se dibujaba una terrible mirada
de odio en los amenazadores rostros de los cuatro extraños. Se notaba en sus
ojos que eran capaces de todo por conseguir su objetivo.
-Mirad que cargamento de oxígeno-
dijo el hombre del revólver dirigiéndose a sus compañeros- no me extraña que en
el hospital que hemos visitado no quedara nada. Ya se lo habían llevado todo
estos cabrones.
-Pues ahora es nuestro- indicó la
mujer mientras caminaba hasta el carro y hacía ademán de llevárselo.
Pablo se lo impidió frenando el
carro con sus manos.
-Podemos compartirlo- señaló el
joven- así todos salimos ganando. Si os lleváis todo el oxígeno nos condenareis
a muerte.
-No me importa lo que os pase a
vosotros- respondió el hombre del revólver- yo solo cuido de los míos. De mi
familia. Así que suelta ese carro si no quieres que te vuele la cabeza ahora
mismo.
Tras decir esto, el hombre apuntó
a Pablo con su pistola.
Este soltó el carro y retrocedió.
-¡Muy bien, veo que nos
entendemos!- exclamó el hombre del revólver sin dejar de apuntarle.
Iván, Jesús, Pablo y Ricardo
estaban paralizados. Aquellos individuos iban armados.
¿Cómo iban a enfrentarse a ellos?
Pero tenían que hacer algo. No
podían permitir que les arrebataran el oxígeno. Sus vidas dependían de ello. Se
trataba de vivir o morir. Si dejaban que se llevasen el oxígeno, morirían
seguro, pero si se enfrentaban a ellos, bueno… tal vez también morirían, pero
al menos tendrían alguna oportunidad.
-¡Vamos! ¿Qué hacéis ahí parados?
¡Agarrad ese carro y vámonos de aquí enseguida!- ordenó el tipo del revólver
dirigiéndose a los gemelos- debemos buscar un lugar donde pasar la noche. Este
centro comercial no me gusta ni un pelo. Atraerá a más gente, y más gente
quiere decir: problemas.
-¡Sí, papá!- exclamaron los
gemelos al unísono.
Después, caminaron a toda prisa
hasta el carro y ayudaron a la mujer a empujarlo.
El tipejo del revólver continuaba
apuntando a Iván y a los demás, mientras sus acompañantes se llevaban el oxígeno
entre risas.
-Ha sido fácil, como quitarle un
caramelo a un niño- rio la mujer sin dejar de empujar.
-¡Vamos chicos! No quiero ver
como mueren estos capullos. Soy un cabrón, pero no tanto. No me apetece ver más
cadáveres. ¡Empujad con más ánimo, hombre! - gritó el tipejo del arma mientras
comenzaba a caminar junto a sus acompañantes.
La ira invadió a Iván. No podían
permitir aquello. Había llegado la hora de ser valientes.
-¡No vamos a permitir que nos
quitéis lo que es nuestro!- vociferó Iván mientras se abalanzaba sobre uno de
los gemelos.
Los demás, al verle, reaccionaron
y se unieron a él.
Jesús agarró a la mujer por el
brazo y, de un golpe, le arrancó el machete de las manos.
Ricardo se abalanzó sobre el otro
gemelo, propinándole un puñetazo en el rostro antes de que este pudiera
reaccionar. El muchacho cayó al suelo aturdido.
El individuo del revólver apuntó
a Jesús con el arma, pero Pablo llegó hasta él y apartó su brazo justo cuando
apretaba el gatillo. La bala se incrustó en la pared de la entrada de un
restaurante de comida rápida.
Pablo y el hombre comenzaron a
forcejear. Luchaban por hacerse con el arma a toda costa.
Los corazones de todos los
presentes latían a toda velocidad.
Todo parecía suceder a cámara
lenta.
De repente, el arma se disparó.
Dos disparos.
El sonido de estos resonó por
todo el centro comercial.
CONTINUARÁ...
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