RELATO GAY: EL DÍA DEL ÚLTIMO CREPÚSCULO. CAPÍTULO 8: LOS PELIGROS DE AMAR DURANTE EL FIN DEL MUNDO
Ha pasado un mes.
Hace treinta días que se terminó
el mundo tal y como lo conocemos. Treinta interminables e inciertos días.
Durante este tiempo, Jesús y yo
no hemos dejado de movernos, yendo de un lado para otro arrastrando el pesado
carro lleno de bombonas de oxígeno. Un carro que cada vez es menos pesado,
porque poco a poco las bombonas se van gastando. Ya hemos agotado la mitad del
cargamento, y debemos pensar que hacer antes de que se agote por completo.
Tras besarnos, Jesús y yo tuvimos
relaciones. En realidad, hemos tenido relaciones varias veces durante todo este
tiempo. Un poco complicado el sexo de esta manera, conectados a las bombonas de
oxígeno y con las mascarillas puestas. Raro, pero genial igualmente. Un respiro
ante tanto cambio. Ante tanto dolor. Un poco de vida entre tanta muerte.
Poco tiempo después, ambos nos
dirigimos hacia la casa de los padres de Jesús. Por desgracia, estos habían
muerto. Encontramos a su padre y a su madre tendidos en el suelo de la cocina
en avanzado estado de descomposición. Fue muy duro para él. Jamás podrá
superarlo. Tras esto, decidí no dirigirme a mi casa. No quería presenciar una
escena similar con mi familia. Ya sabía que mis padres también habían muerto, ¿para
qué sufrir más?
Y ahora aquí estamos, en un
centro comercial abandonado. Al llegar aquí, retiramos los cadáveres de los
clientes y trabajadores que murieron en el interior del edificio aquel fatídico
día, y que descansaban por todos los rincones del lugar, e hicimos una pequeña
ceremonia en el parking como homenaje y despedida para todos ellos. Jamás pensé
que vería tantos cadáveres juntos. Decidimos instalarnos aquí por un tiempo. En
este lugar tenemos suficiente comida y agua para sobrevivir durante meses, o
por lo menos hasta que se nos agote el suministro de oxígeno.
Aquí todos los días parecen
iguales. Como estar en un bucle infinito del que es imposible escapar. Como
vivir el mismo día eternamente. Te despiertas, comes, das un paseo por el
edificio, vuelves a comer, das otro paseo o duermes una siesta, depende de cómo
estés de ánimo, cenas y a dormir. Al día siguiente, vuelta a empezar. A veces
vamos a la sección de música o de cine, y escuchamos algún disco antiguo o
vemos una película. Es una suerte que la electricidad aun siga funcionando,
aunque no sabemos por cuanto tiempo. Pero la mayoría de los días no nos apetece
hacer nada de esto, nos trae demasiados recuerdos de cómo era el mundo antes de
todo este caos, y de una vida que jamás regresará. El único brillo de esperanza
que puedo encontrar en esta situación es Jesús. Ha sido toda una suerte
encontrarle. Toda una suerte encontrarnos en medio de este desastre. Un motivo
por el que seguir viviendo.
Ahora nos encontramos en la
primera planta del edificio. En una pequeña tienda de colchones, lugar que
hemos utilizado para dormir durante todos estos días. Al menos no tenemos que
dormir en el suelo, y…
-¡Vamos! Deja ya ese diario y
vamos a hacer algo divertido, necesito alguna distracción. Vamos a jugar a un
juego de mesa, a las cartas, o a lo que tú quieras, pero necesito distraerme o
voy a volverme loco- señaló Jesús- Siempre estas escribiendo en ese cuaderno.
¿Y de qué sirve? Ya nada importa.
Ambos se encontraban en el
interior de la tienda de colchones. Acababan de despertarse, y muy pronto
empezarían con su rutina diaria. Iván se encontraba sentado en el suelo, con la
espalda apoyada contra la pared, su cuaderno en una mano y su bolígrafo en la
otra. Jesús permanecía de pie, a su lado. Los dos se habían quitado las
capuchas del traje de protección y las gafas de sol para estar más cómodos, ya
que en el interior del edificio no corrían peligro, y las habían dejado en el
carro con las bombonas de oxígeno. Pero por desgracia, de las mascarillas y de
las bombonas colgadas a sus espaldas no podían deshacerse ni por un segundo.
Sus vidas dependían de ello.
-Quiero que quede reflejado todo
lo que estamos viviendo. Todo lo que está pasando- indicó Iván- Quien sabe quién
puede leer esto algún día, y quiero que quede reflejado lo que ha ocurrido. Que
en el futuro sepan lo que sucedió. Quizá así se pueda evitar que algo parecido
vuelva a ocurrir, y que alguien más tenga que pasar por esto.
-¿Quién lo va a leer? Todo el
mundo ha muerto-dijo Jesús con la voz llena de tristeza- No hemos encontrado a
nadie con vida en todo este tiempo. Nadie más ha sobrevivido.
- Me niego a creer que seamos los
únicos supervivientes- indicó Iván- Tiene que haber más personas ahí fuera con
vida.
-¡Acéptalo!- exclamó Jesús- El
ser humano se ha extinguido. Se acabó la humanidad. No ha sido ninguna
sorpresa. Todos sabíamos que iba a ocurrir tarde o temprano. En realidad, lo
merecemos. Las personas somos como termitas, lo devoramos todo a nuestro paso
hasta destruirlo. Hasta que no queda nada. Aunque eso suponga acabar poco a
poco con nosotros mismos.
-Por eso yo…
De repente, un ruido los
interrumpió. Parecía provenir de la entrada del centro comercial. Unos pasos se
acercaban, y también parecían escucharse voces en la lejanía. Al menos dos
voces diferentes. Alguien acababa de entrar en el edificio. Al parecer, Iván y Jesús
no eran los únicos supervivientes.
Ambos se miraron asustados.
¿Quién había entrado, por
llamarlo de alguna manera, en su nuevo hogar?
¿Quién había invadido su
territorio?
-¿Qué hacemos?- preguntó Jesús
asustado.
-Será mejor que nos escondamos-
señaló Iván- No sabemos con quién nos vamos a encontrar. Quizá sean peligrosos.
Los intrusos se encontraban en la
planta baja, y ellos en la primera, así que debían tener cuidado de no hacer
ruido para que no los descubrieran.
Iván y Jesús salieron de la
tienda de colchones con cautela y agarraron su carrito cargado de bombonas de oxígeno,
que se encontraba aparcado junto a la entrada.
-Lo mejor que podemos hacer es
dirigirnos hasta el ascensor y subir a la azotea- indicó Iván- Allí nos esconderemos hasta que los intrusos
se marchen.
-Está bien- respondió Jesús
poniéndose en marcha.
Ambos empujaron el carrito a
través del largo pasillo de la primera planta del centro comercial. A cada lado
de este había tiendas de todo tipo. En otro tiempo aquellos establecimientos
vendían ropa, zapatos, juguetes, hamburguesas, pizzas… pero ahora estaban
cerrados indefinidamente.
Giraron a la derecha
en el primer pasillo, ya que el ascensor se hallaba al final de este, pero con
tan mala suerte que una de las bombonas de oxígeno, que no estaba bien
colocada, comenzó a rodar por la superficie del carro hasta caer al suelo,
haciendo un ruido ensordecedor.
-¡Mierda!- exclamó Jesús.
Los dos jóvenes se apresuraron a
recoger la bombona y meterla de nuevo en el carrito. Después, comenzaron a
correr a toda prisa, empujando el pesado carro hacia el ascensor.
Los intrusos, al escuchar el
ruido, se dirigieron a toda prisa hacia la primera planta, de donde parecía
provenir el estruendo.
Iván y Jesús llegaron hasta el
ascensor y pulsaron el botón de llamada. Escucharon los pasos de los intrusos a
sus espaldas. Se estaban acercando.
¿Y si eran peligrosos?
¿Y si iban armados?
-¡Mierda de ascensor!- exclamó Iván-
¿Cómo puede tardar tanto?
Los pasos se detuvieron tras
ellos.
-¡No huyáis! ¡No queremos haceros
daño! - gritó uno de los intrusos.
Iván y Jesús se giraron hacia los extraños que habían invadido su morada. Eran dos hombres. Debían rondar la treintena. Uno de ellos era moreno,
tenía una poblada barba de tres días y era bastante corpulento. El otro era
pelirrojo, tenía el rostro cubierto de pecas y algo de sobrepeso. Cómo Iván y Jesús,
ellos también llevaban puestas unas máscaras de oxígeno y unas bombonas colgadas
a sus espaldas. Vestían unos trajes de neopreno que cubrían completamente sus
cuerpos, para así protegerse de los rayos del sol. Parecía increíble, pero iban
vestidos de buzos.
El joven moreno de la barba de
tres días se quedó mirando a Jesús con la boca abierta. Le miraba con una
extraña expresión en el rostro.
-Me llamo Ricardo- dijo el joven
pelirrojo- y este es Pablo- dijo señalando al joven de la barba, que continuaba
mirando a Jesús completamente embobado- No queremos hacer daño a nadie, estamos
buscando más supervivientes, y…
-¡Jesús! ¡Eres tú!- exclamó el
joven de la barba, que al parecer se llamaba Pablo.
-¿Te conozco?- preguntó Jesús
confundido.
-Llevo buscándote desde hace más
de un mes- explicó Pablo- Te busqué en el hospital tras saber que habías
sufrido un accidente y que permanecías en coma, con la esperanza de encontrarte
allí, pero ya no estabas. Te habías marchado. Temía que algo malo te hubiera
pasado, pero en el fondo algo en mi interior me decía que seguías con vida, y
estaba en lo cierto.
-Lo siento, no se quién eres.
Olvidé algunas cosas tras el accidente- señaló Jesús totalmente perplejo.
Iván miraba a aquel extraño, que
decía llamarse Pablo, completamente intrigado. No entendía nada.
-¿No te acuerdas de mí? Soy yo,
Pablo. Tu novio- reveló el joven ante la atónita mirada de Jesús e Iván.
-¿Mi… novio?- balbuceó Jesús
completamente desconcertado.
CONTINUARÁ...
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