RELATO GAY: EL DÍA DEL ÚLTIMO CREPÚSCULO. CAPÍTULO 7: QUE NO NOS QUITEN EL AMOR
En este nuevo y horrible mundo,
lo hemos perdido todo: nos han quitado nuestras vidas, nos han quitado la
felicidad, a nuestras familias, el aire que respiramos, el agua, el cielo azul,
los árboles, las flores, nos hemos perdido a nosotros mismos; pero hay algo que
jamás nos podrán quitar. Algo que por mucho tiempo que pase, por muchos
apocalipsis, desastres y cataclismos que tengan lugar, nunca podrán
arrebatarnos: el amor. La capacidad de amar. Mientras haya vida seguiremos
enamorándonos, porque sin amor, ¿qué sería del ser humano? Porque podrán
quitárnoslo todo, pero sin amor no podríamos vivir.
* * *
Rosa se abalanzó sobre Iván y le
propinó un empujón. Este chocó contra la pared, golpeándose la espalda y la
cabeza contra el muro. El joven cayó al suelo aturdido. Rosa corrió hacia él
empuñando la enorme barra de metal con la que había golpeado a Jesús.
Iván se levantó con dificultad.
Una vez en pie, vio como Rosa alzaba la barra de metal por encima de su cabeza
y la dejaba caer con todas sus fuerzas para golpearle con ella. El joven se
hizo a un lado y pudo esquivar el golpe. Después, agarró a Rosa por el brazo e
intentó quitarle el arma. Ambos comenzaron a forcejear. Los dos jóvenes
intentaban hacerse con la barra de metal a toda costa. Iván empujó a Rosa
contra la pared, agarró el brazo con el que esta sostenía la barra, y golpeó la
extremidad de la joven una y otra vez contra el muro para hacer que esta
soltara el enorme barrote de hierro. Resultó imposible. La joven se aferraba a él
con todas sus fuerzas.
En ese momento, Rosa propinó a Iván
un rodillazo en la entrepierna. Este se agachó debido al intenso dolor en sus partes, lo que la joven
aprovechó para golpearle con la barra en la espalda. Iván se incorporó rápidamente emitiendo un quejido de dolor, agarró a Rosa por el brazo para evitar que
volviera a golpearle, y le propinó un codazo en el rostro. La nariz de la joven
comenzó a sangrar.
-¡Hijo de puta!- exclamó la
muchacha- ¡Ese oxígeno es mío! No vas a marcharte de aquí con él. No pienso
morir todavía, aún no ha llegado mi hora.
-¡Para de una vez! ¡No quiero
hacerte daño! - gritó Iván.
-¡Lo siento, pero yo a ti si!-
respondió Rosa.
Tras decir esto, se abalanzó de
nuevo contra Iván. Los dos jóvenes perdieron el equilibrio y estuvieron a punto
de caer al suelo. Continuaron forcejeando mientras se aproximaban
peligrosamente al borde de una escalera que descendía hasta el sótano del
edificio. Iván sujetaba con fuerza el brazo de Rosa para evitar que esta le
golpeara. La muchacha clavó sus uñas en el brazo de Iván con todas sus fuerzas,
hasta que este soltó su brazo debido al dolor.
Una vez liberada, la joven levantó la barra de metal para golpear de
nuevo a Iván con ella. La enorme barra paso a pocos centímetros de la cabeza del
muchacho. Rosa volvió a la carga, y levantó otra vez la barra en el aire. La
dejó caer de nuevo. Esta se aproximó peligrosamente a la cabeza de Iván, pero el
joven alargó el brazo y logró frenar el golpe. Entonces, el muchacho agarró el
brazo de Rosa y lo retorció con fuerza hasta que la joven soltó la barra de
metal, a la vez que emitía un grito a causa del dolor. Iván le arrebató el enorme
barrote de las manos y se alejó de ella a toda prisa.
Este no quería hacerle daño, pero
estaba claro que Rosa no iba a parar hasta matarlo. No le quedaba más remedio
que defenderse. No había otra solución. Se trataba de matar o morir.
El joven agarró la barra con las
dos manos y golpeó a Rosa con todas sus fuerzas en el cráneo, arrancando la
capucha del traje de protección que cubría su cabeza. Esta se tambaleó, y la
mascarilla de oxígeno que cubría su rostro se deslizó hasta posarse en su
mejilla. La joven volvió a colocar la mascarilla sobre su nariz y su boca a
toda prisa. Estaba un poco aturdida debido al golpe, lo que Iván aprovechó para
intentar golpearla de nuevo.
Rosa esquivó el ataque por los
pelos. Estaba bastante mareada por el primer impacto. La cabeza le daba vueltas.
Dio un paso hacia atrás, sin reparar en que a su espalda se encontraba la
escalera que descendía hasta el sótano de la fábrica. La joven tropezó con el
primer escalón y cayó escaleras abajo, golpeándose fuertemente la cabeza y rodando
escalón tras escalón, hasta quedar tendida al final de la escalinata.
Iván observó el cuerpo de la
joven. Estaba tumbada al final de la escalera, completamente inmóvil. Después, arrojó
la barra de metal al suelo y corrió hasta donde se encontraba Jesús para
comprobar su estado.
Este tenía un golpe muy feo en la
cabeza, pero todavía respiraba. Se arrodilló junto a él, retiró la capucha de
su equipo de protección, que estaba manchada de sangre, y comprobó el estado de
la herida. No era demasiado profunda. No parecía nada grave. Después, comprobó
sus constantes vitales. Estaba estable. Apoyó la cabeza del joven sobre sus
rodillas e intentó despertarle.
-Jesús, ¿me oyes? - le dijo-
¿Cómo te encuentras?
Este comenzó a volver en sí.
Empezó a pestañear, y finalmente abrió los ojos.
-Esa… zorra… me ha… dejado K.O-
balbuceó Jesús todavía un poco aturdido.
-Ya no puede hacernos daño- señaló
Iván- está muerta.
-Ya me has salvado la vida dos
veces- indicó Jesús mientras intentaba incorporarse.
-No te muevas, no debes hacer
esfuerzos- dijo Iván, colocando de nuevo la cabeza de Jesús sobre sus rodillas
con suavidad.
Este miró a Iván fijamente a los
ojos.
-Gracias de nuevo- dijo Jesús con
dulzura- he tenido suerte de encontrar a una buena persona en un mundo tan bárbaro
y cruel.
-Ambos hemos tenido suerte-
respondió Iván.
Tras decir esto, los dos jóvenes
tomaron aire, y retirando las mascarillas de oxígeno de sus rostros por unos
instantes, se fundieron en un cálido y tierno beso.
Ninguno de los dos lo esperaba.
Fue una sorpresa para ambos.
Pero en el fondo, los dos jóvenes
lo deseaban con toda su alma.
CONTINUARÁ...
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