RELATO GAY: EL DÍA DEL ÚLTIMO CREPÚSCULO. CAPÍTULO 5: MIRADAS FURTIVAS
El ser humano es egoísta por
naturaleza. Desde que el mundo es mundo, los humanos siempre han mirado por sus
propios intereses. Arrasando con todo lo que encuentran a su paso. Destruyendo
todo lo que se encuentra a su alrededor con tal de conseguir sus propósitos,
sin pensar en las consecuencias. Sin pensar en nada ni en nadie. Creyéndose el
ombligo del mundo. Creyéndose en la cima de la cadena alimenticia. Creyéndose
el ser vivo más inteligente del planeta.
¿Inteligente? Nada más lejos de
la realidad. El ser vivo más estúpido diría yo. Destinado a la extinción a
causa de su propia estupidez. Camino a la destrucción, a toda velocidad y sin
frenos.
Hicimos caso omiso a las señales
de advertencia que el planeta nos enviaba. Hasta que llegó el día de aprender
la lección, aunque por desgracia ya era demasiado tarde.
Ahora, en este nuevo mundo
arrasado e inhóspito, el ser humano sigue siendo igual de egoísta. Los pocos
supervivientes que pueblan el planeta son capaces de cualquier cosa por
sobrevivir.
Matar, robar, traicionar,
engañar, torturar, destruir…
Al final, tampoco hemos cambiado
tanto. Algunos nunca aprenderán. Una y otra vez volvemos a caer en la misma
piedra. En lugar de ayudarnos unos a otros, colaborar y avanzar para superar
juntos los problemas, preferimos pisotearnos y destruirnos. Involucionar en
lugar de evolucionar. Es triste, pero así es y siempre será.
Y nos llaman vida inteligente.
¿Inteligente?
Y una mierda…
* * *
Iván y Jesús observaban aterrados
al hombre que acababa de estrellarse contra el suelo. Había caído sobre el
costado derecho, y había quedado tendido sobre el asfalto con el cuerpo y el
rostro mirando en dirección a la entrada del hospital, por lo que los jóvenes
podían ver perfectamente su cara completamente ensangrentada. El hombre debía
tener unos sesenta años, llevaba puesta una bata azul del hospital, la misma
que vestía Jesús, y acarreaba a su espalda una pequeña mochila con una bombona
de oxígeno en su interior. De la válvula de dicha bombona salían unos tubos que
comunicaban con la mascarilla que el hombre llevaba puesta sobre su nariz y su
boca.
Pero, ¿qué le había sucedido? ¿Habría
saltado desde alguna ventana?
-¿Qué le habrá ocurrido?- preguntó
Jesús.
-Debe ser un paciente- señaló Iván-
lleva una bata del hospital y una mascarilla de oxígeno. Quizá despertó, vio lo
que había ocurrido y no pudo soportarlo. Puede que le entrara el pánico y saltara por una
ventana.
-Es posible- indicó Jesús, todavía
atónito por la terrible escena que acababan de presenciar- si tu no hubieras
estado a mi lado cuando desperté, no sé qué hubiera hecho. Quizá no estaría
vivo, o hubiera optado por suicidarme como ese hombre.
-Bueno, ya no podemos hacer nada
por él- señaló Iván- será mejor que sigamos con nuestro plan. Primero iremos al
vestuario. En mi taquilla tengo algo de ropa. Te dejaré alguna prenda para que
te cambies, no creo que quieras ir por ahí con esa bata puesta.
Jesús miró su reflejo en una de
las ventanas del vestíbulo. Tenía una pinta horrible con aquella bata de
hospital.
-Tienes razón- dijo finalmente-
Vamos a por esa ropa.
Ambos abandonaron el vestíbulo
arrastrando sus respectivos carritos cargados con sus bombonas de oxígeno.
Giraron a la derecha en el primer pasillo que encontraron y bajaron un tramo de
escalera hasta llegar a la planta menos uno. Allí vieron un letrero donde podía
leerse: vestuarios, con una flecha que señalaba el pasillo de su derecha.
Recorrieron dicho pasillo y atravesaron la puerta que se encontraba al final de
este. Una vez en el vestuario, Iván buscó su taquilla, la número veinticuatro.
Introdujo su clave secreta en el candado y abrió la pequeña portezuela. Extrajo
de la taquilla una camiseta negra de manga larga y un pantalón vaquero, y se lo
entregó a Jesús. Después, sacó otro pantalón vaquero para él y una camiseta de
color azul, ya que quería deshacerse del uniforme de enfermero antes de
abandonar el hospital.
Ambos comenzaron a desvestirse.
La mirada de Iván se dirigió casi
sin querer hacia el cuerpo desnudo de Jesús. El muchacho lanzaba miradas
furtivas al cuerpo de su joven paciente, observando su pecho, bajando la mirada
por sus abdominales perfectamente definidos, deteniéndose unos segundos en su
ropa interior, que marcaba los atributos de Jesús a través de la tela, y
fijándose en su trasero duro y prieto, y en sus bonitas piernas. Iván estaba
completamente excitado. Se puso rápidamente su pantalón para esconder la enorme
erección que se podía observar por debajo de su ropa interior, antes de que Jesús
reparara en ella.
Los jóvenes terminaron de
vestirse y salieron del vestuario, camino del almacén del hospital para hacerse
con todas las bombonas de oxígeno que fuera posible.
Volvieron a subir a la planta baja, y atravesaron un largo pasillo hasta llegar al almacén.
En la puerta de este, encontraron un enorme carro de color azul que se utilizaba para transportar
cajas de un lugar a otro del hospital. Era perfecto para cargar las bombonas en
él. Iván y Jesús se introdujeron en el gran almacén y buscaron las bombonas de oxígeno.
Recorrieron todos sus pasillos hasta dar con ellas. Tras mucho buscar, las
encontraron al fondo de la estancia.
-¡Hay muchas!- exclamó Jesús.
-Si, y mira, estamos de suerte-
dijo Iván señalando una estantería que se encontraba a su derecha. Esta contenía
unas mochilas especiales, que se utilizaban para transportar las bombonas de oxígeno
en la espalda- con esto no tendremos que ir arrastrando estos carritos a todas
partes.
-Pero solo sirven para
transportar las bombonas medianas- indicó Jesús, tomando en su mano dos de
estas mochilas.
-Bueno, cargaremos las bombonas grandes
y las medianas, y nos llevaremos también los dos carritos porta bombonas por lo
que pueda pasar- señaló Iván.
Tras decir esto, metieron en el
carro grande de la entrada todas las bombonas de oxígeno que cupieron en él, y sobre estas
colocaron sus dos carritos porta bombonas.
Al fondo del almacén, en una
estantería situada a la izquierda, encontraron varios equipos de protección
individual perfectamente doblados y empaquetados. Estos incluían un mono de
trabajo de color blanco, un par de guantes de nitrilo, y calzado especial, lo
cual les vendría estupendamente para cubrirse el cuerpo, y así protegerse de
los rayos ultravioleta y evitar las terribles quemaduras que habían visto en
los cadáveres que se encontraban en el exterior.
Cada uno cogió un equipo de protección.
Después, los dos muchachos se vistieron con ellos, colocándolos sobre su ropa,
hasta que no quedó ni un tramo de su piel al descubierto.
Introdujeron en las mochilas que
acababan de encontrar dos bombonas medianas, las conectaron a sus respectivas mascarillas,
y después las colocaron a su espalda.
Ya estaban listos para partir.
Entre los dos empujaron el pesado
carro azul hasta el vestíbulo, dispuestos a salir al exterior.
En aquel momento, alguien irrumpió
en la estancia.
Iván y Jesús se giraron al
escuchar los pasos de aquel extraño a sus espaldas, para descubrir a una joven
mujer de unos treinta años, con una bonita melena rubia y vestida con uniforme
de enfermera. Esta, como ellos, llevaba una mascarilla colocada sobre su nariz
y su boca, y conectada a una bombona de oxígeno.
-¡Rosa!- exclamó Iván- ¡Estas
viva!
-¿Iván? ¿Eres tú? Pensaba que no
quedaba nadie con vida- indicó la joven- casi no te reconozco así vestido.
Rosa era una enfermera de la
planta de neumología. Iván y ella se conocían de haber charlado un par de veces
en la cafetería del hospital mientras tomaban el desayuno, pero nunca habían
intimado demasiado.
-No se puede salir ahí fuera sin
estos trajes, no sé qué ocurre, pero los rayos del sol provocan graves quemaduras
en la piel- señaló Iván- y ya veo que sabes que no se puede respirar sin
mascarilla de oxígeno.
-Sí, y yo ya veo que vosotros os
habéis equipado bien- dijo la enfermera señalando el carro azul lleno de
bombonas de oxígeno que empujaban Iván y Jesús- Pero, ¿qué demonios ha
ocurrido?
-Al parecer no hay oxígeno en el
aire, pero de momento no hay ninguna explicación oficial- señaló Jesús- por
cierto, yo soy Jesús.
-Encantada Jesús- respondió Rosa-
¿Entonces vamos a salir ahí fuera?
-Bueno, no podemos quedarnos aquí
eternamente- respondió Iván- por cierto, antes de salir te aconsejo que vayas
al almacén a por un equipo de protección como el nuestro.
¡Claro! - dijo Rosa- Y si lo que decís
es cierto, debemos hacernos con unas buenas gafas de sol para que los rayos ultravioleta
no quemen nuestras retinas.
-Por supuesto, ¡¿cómo no lo había
pensado?! - exclamó Iván.
-Podemos buscar entre las
pertenencias de los cadáveres- señaló Rosa- ellos ya no las van a necesitar.
Tras decir esto, la joven salió
camino del almacén para coger su traje de protección. Iván y Jesús se pusieron
a buscar en el interior de los bolsos y entre la ropa de los cadáveres que
había repartidos por el suelo del hospital, hasta dar con tres gafas de sol, una
para cada uno de ellos, y otra para su nueva compañera de viaje.
Cuando Rosa regresó, ya vestida
con su equipo de protección, Iván le entregó una de las gafas de sol. La
enfermera se las puso, y los tres jóvenes se dispusieron a salir del hospital.
Todos empujaron el pesado carro
azul hasta la puerta principal, y la atravesaron con cautela. Bajaron el carro
por la rampa que se encontraba junto a la entrada, y pasaron junto al cadáver
del hombre que había saltado al vacío.
-Deberíamos coger su bombona de oxígeno-
dijo Rosa señalando al hombre- él ya no la va a necesitar y a nosotros podría
venirnos muy bien.
-Tienes razón- respondió Iván- yo
la cojo.
El joven se arrodilló junto al
cuerpo del hombre, y cuando iba a quitarle la bombona, este comenzó a moverse.
-¡Está vivo!- exclamó Iván
sorprendido.
Aunque pareciera imposible, el
hombre estaba malherido, pero estaba vivo.
-No intente moverse- indicó Iván.
El hombre comenzó a toser
mientras empezaba a hablar con dificultad.
-Ella… Esa enfermera… me… ha…
empujado- balbuceó entre susurros mientras miraba a Rosa completamente
aterrorizado- Esa… zorra… me ha tirado… por… la… ventana…
CONTINUARÁ...
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