RELATO GAY: EL DÍA DEL ÚLTIMO CREPÚSCULO. CAPÍTULO 6: CUIDADO CON LOS EXTRAÑOS
Confiar en los extraños siempre
ha sido arriesgado. Desde pequeños ya nos enseñan que no hay que fiarse de los
desconocidos. A no acercarnos a ellos. A no hablar con ellos. A no
relacionarnos con ellos. Pero según pasa el tiempo nos vamos olvidando de esta
regla. Nos relajamos y a menudo confiamos en las personas menos indicadas, llevándonos
decepciones y sintiéndonos traicionados en numerosas ocasiones a lo largo de
nuestra vida.
Lo que no nos suelen enseñar de
niños es que no solamente debemos tener cuidado con los desconocidos. Las
personas que conocemos también nos pueden engañar, traicionar, decepcionar e
incluso hacernos daño. Así es la cruda realidad.
Pero esta nueva realidad es aún más
cruda. En esta nueva realidad confiar en un extraño puede costarte la vida.
¿Qué digo? Confiar en cualquier
persona puede costarte la vida. En pocos se puede confiar ahora. En un mundo
sin leyes, sin autoridad, sin normas… no hay nada que pueda frenar a los malvados,
por lo que pueden llevar a cabo sus atrocidades sin consecuencias ni castigos.
Por eso, si encuentras a una
buena persona, debes aferrarte a ella con fuerza, como si te agarraras al borde
de un precipicio cuando estas a punto de caer al vacío. Pero si te topas con un
ser malvado y peligroso, debes correr como alma que lleva el diablo y alejarte
todo lo que puedas, ponerte a salvo, y dar gracias por seguir con vida un día más.
* * *
Iván se quedó paralizado frente
al desconocido debido a las palabras que este acababa de pronunciar. Miró a Jesús
con preocupación y después miró a Rosa asustado.
-¿Qué sucede?- preguntó esta.
-Esta malherido- respondió Iván
intentando disimular su miedo- Tiene varios huesos rotos y podría tener alguna
hemorragia interna.
-Entonces debemos evitarle más
sufrimiento- indicó Rosa- ya no podemos hacer nada por él, y mucho menos en
estas circunstancias.
-¿Qué quieres decir?- preguntó Jesús.
-Que debemos matarlo para que
deje de sufrir- respondió Rosa.
-Pero estamos al lado de un
hospital- señaló Jesús- ¿No podemos llevarle dentro y tratar de ayudarlo?
-¿Cómo?- preguntó Rosa- Iván y yo
somos enfermeros. Este hombre probablemente necesite ser operado de urgencia, y
yo no veo ningún cirujano por aquí.
Iván miró al anciano que permanecía
en el suelo, a su lado. Este había vuelto a perder el conocimiento.
-Creo que Rosa tiene razón- indicó
Iván- Este hombre se está muriendo. No hay nada que podamos hacer por él.
Rosa caminó hasta donde se
encontraban Iván y el anciano, se arrodilló junto a este último, y le quitó la
mascarilla de oxígeno del rostro.
-Será rápido y apenas sufrirá-
dijo la joven- se ha desmayado, así que en pocos minutos morirá y ni siquiera
se dará cuenta. A mí me gustaría que hiciesen lo mismo por mi si me encontrase
en la misma situación.
-No puedo verlo- dijo Jesús
alejándose del lugar.
Rosa cogió la bombona de oxígeno
que el anciano llevaba colgada a su espalda y la puso en el carro con las
demás.
-Debemos seguir- indicó la joven.
-Si… claro…- respondió Iván,
todavía aturdido por las palabras de aquel hombre.
No podían fiarse de Rosa. Debían
alejarse de ella lo más pronto posible.
Iván y la enfermera agarraron el
carro y lo empujaron calle abajo hasta reunirse con Jesús, que permanecía de
pie en mitad de la calle con la espalda apoyada contra el escaparate de una juguetería.
Estaba completamente pálido.
-Nunca había visto morir a nadie-
dijo el joven.
-La primera vez es dura, pero
luego te acostumbras, sobre todo en una profesión como la nuestra, ¿verdad? -
dijo Rosa dirigiéndose a Iván.
-Yo creo que siempre es duro-
respondió este.
-En nuestro trabajo debemos dejar
a un lado los sentimientos, sino acabaríamos volviéndonos locos- señaló Rosa
con frialdad.
Jesús se unió a ellos, y los tres
continuaron empujando el pesado carro repleto de bombonas de oxígeno calle
abajo.
Con el traje de protección
puesto, y las bombonas de oxígeno colgadas a sus espaldas, parecían tres
astronautas caminando por un planeta inexplorado.
No había nadie más con vida por
los alrededores, solamente cadáveres tendidos en el suelo por aquí y por allá,
cubiertos de terribles quemaduras solares.
-¿Hacia dónde nos dirigimos?-
preguntó Iván.
-Mis padres no viven lejos de
aquí- señaló Jesús- me gustaría saber si están bien.
-¿Lo dices en serio?- preguntó
Rosa- Mira a tu alrededor, ¿de verdad crees que nuestras familias están vivas?
Nosotros hemos tenido suerte, pero ellos no creo que tuvieran a mano una
bombona de oxígeno.
-Pero puede que…. – comenzó a
decir Jesús, pero Rosa le interrumpió.
-¡Acéptalo! ¡Nuestras familias
han muerto, como estas personas que nos rodean y cuyos cadáveres están tirados
en plena calle! - exclamó la joven alterada.
-No te preocupes- dijo Iván
dirigiéndose a Jesús- Iremos a la casa de tus padres si lo necesitas.
-¡Es un error!- gritó Rosa.
-¡Iremos!-
dijo Iván con contundencia.
Los tres continuaron
caminando, empujando el pesado carrito calle abajo. Unos, preocupados y
asustados; la otra, avanzando a regañadientes, y con una malvada y aterradora
expresión en su mirada.
* * *
Los tres jóvenes se detuvieron
frente a una vieja fábrica abandonada. Llevaban más de dos horas caminando, y
necesitaban descansar. Empujar aquel pesado carro por las calles de la ciudad
no era nada fácil.
Atravesaron la verja de la
entrada y empujaron el carro a través del enorme aparcamiento que rodeaba la fábrica.
Aparcaron el enorme carro azul junto a la puerta del edificio, y se introdujeron en
su interior. El lugar estaba completamente destartalado y desordenado. Se
notaba que llevaba varios años vacío.
-¡Creía que tus padres vivían
cerca!- exclamó Rosa.
-Supongo que no he calculado bien
la distancia- señaló Jesús- pero no creo que falte mucho para llegar, recuerdo
haber pasado junto a esta fábrica en multitud de ocasiones al viajar en coche hacia
la ciudad. Tengo que reconocer que estoy un poco confuso todavía, acabo de
despertar de un coma y algunas cosas están un poco revueltas en mi cabeza.
-¡Fantástico! A lo mejor incluso
vamos en la dirección incorrecta- dijo Rosa con tono irreverente- y por cierto,
¿por qué teniendo toda la ciudad para nosotros solos, paramos en este sucio
lugar y no en un hotel de cinco estrellas?
-Esto es lo más cercano que hay
por aquí para refugiarse, hemos dejado atrás la ciudad hace más de media hora,
no creo que quieras dar media vuelta y caminar de regreso con ese pesado carro
a cuestas- señaló Iván.
-Genial, pues voy a dar una
cabezada junto a aquella ventana. Despertadme dentro de un par de horas- indicó
Rosa.
Tras decir esto, la muchacha
caminó hasta la ventana y se tumbó junto a ella, con la mirada clavada en el
exterior. Observando el oscuro cielo, la joven poco a poco se fue quedando
dormida, agotada después de tanto caminar.
Iván y Jesús se tumbaron en el
otro extremo de la sala, entre unos enormes palés apilados y un montón de cajas
vacías. ¿Quién iba a decirles que acabarían el día así, durmiendo en el suelo
como vagabundos?
Jesús poco a poco se fue quedando
dormido, pero Iván no podía pegar ojo. No después de saber lo que había hecho
Rosa. No después de saber que era una asesina y que había empujado a aquel
hombre por la ventana.
Esperó unos veinte minutos para
asegurarse de que Rosa estaba bien dormida, y después despertó a Jesús con delicadeza.
-Despierta- susurró mientras
agarraba a Jesús por los hombros y le zarandeaba con suavidad.
-¿Qué ocurre?- preguntó el joven
adormilado- ¿Ya nos vamos?
-Nosotros si- respondió Iván- No
hagas ruido y vámonos de aquí antes de que se despierte Rosa.
-Pero, ¿qué ocurre?- preguntó Jesús
confundido.
-El hombre del hospital, antes de
morir, me dijo que Rosa le había arrojado por la ventana- respondió Iván- Es
peligrosa. No podemos fiarnos de ella.
-¿Qué estás diciendo?- pregunto Jesús,
que no podía creer lo que estaba escuchando- ¿Ella le empujó?
Iván echó un vistazo hacia el
lugar donde se encontraba la enfermera. Esta estaba tumbada de cara a la
ventana, dándoles la espalda, por lo que podían escapar fácilmente sin ser
vistos.
-Sí, vámonos cuanto antes. Debemos
irnos y llevarnos el oxígeno antes de que despierte esa loca- señaló Iván.
Ambos se levantaron del suelo y
comenzaron a caminar lenta y sigilosamente hacia la salida. A la cabeza iba Iván,
y tras él, Jesús agarrando su brazo.
De repente, Iván escuchó un golpe
seco y un gemido a su espalda. Se giró y descubrió a Rosa con una enorme barra
de metal en sus manos, y a Jesús tirado en el suelo con una herida bastante fea
en la cabeza.
-¡Nadie se va a ir de aquí con mi
oxígeno!- exclamó Rosa completamente encolerizada.
CONTINUARÁ...
- https://play.google.com/store/books/details/Daniel_Sanchez_de_la_Nieta_Rico_Terminal?id=XbBUDwAAQBAJ








Comentarios
Publicar un comentario