RELATO GAY. CUIDADO CON LO QUE NO DESEAS. CAPÍTULO 10. FINAL: MI ÚLTIMO DESEO
Mateo y Lucas cayeron al suelo,
uno encima del otro. Este último intentaba clavar el cuchillo en el cuello de
Mateo, que sujetaba el brazo en el que Lucas sostenía el arma para evitarlo.
Forcejearon durante unos segundos, hasta que Mateo le propinó un rodillazo en
el estómago y pudo quitárselo de encima. Lucas cayó al suelo dolorido,
cubriéndose el estómago con las manos.
Mateo se levantó del suelo y corrió
para ponerse a salvo. Llegó hasta la entrada e intentó abrir la puerta para
pedir ayuda, pero Lucas se lo impidió, agarrándole por el brazo y empujándole
de nuevo al interior del piso. Mateo estuvo a punto de perder el equilibrio y
caer al suelo, pero logró estabilizarse y comenzó a correr hacia el salón.
Lucas corrió tras él sin dejar de
empuñar el cuchillo.
-¡Basta ya!- gritó Mateo
girándose hacia Lucas- ¡Estas loco!
-No, el loco eres tú por
rechazarme- dijo Lucas mientras se aproximaba lentamente hacia Mateo- ¿Quién te
has creído que eres? Deberías estar agradecido por que alguien como yo se haya
fijado en ti.
Tras decir esto, se abalanzó otra
vez sobre Mateo. Alzó el cuchillo e intentó clavárselo de nuevo, pero este
sujetó su brazo justo a tiempo para impedírselo. Durante el forcejeo,
tropezaron con la alfombra del salón, y ambos cayeron al suelo. Mateo se golpeó
la cabeza contra el duro suelo de cerámica y permaneció unos segundos aturdido.
Al volver en sí, vio que tenía a Lucas sobre él. Le empujó para quitárselo de
encima y se levantó rápidamente, alejándose de su atacante. Entonces, notó que tenía
la camiseta húmeda y caliente en la zona del vientre. Miró hacia abajo y vio
que esta estaba empapada de sangre. Lucas debía haberle apuñalado durante el
forcejeo. Se levantó la camiseta y comenzó a buscar la herida en su abdomen, pero allí no había
ningún corte. Aquella sangre no era suya.
Entonces, dirigió su mirada hacia
Lucas. Este todavía se encontraba tirado en el suelo, sobre la alfombra. El
joven respiraba de manera entrecortada. El enorme cuchillo había terminado clavándose en su abdomen. Lucas intentaba impedir con sus manos que la sangre que
manaba de la herida continuara saliendo a borbotones.
La alfombra estaba completamente
empapada de sangre. El arma debía haberle seccionado la arteria aorta
abdominal. El joven se estaba desangrando.
Lucas agarró el mango del
cuchillo con intención de sacarlo de su vientre.
-¡No lo hagas!- exclamó Mateo
arrodillándose junto a él para impedírselo- ¡Aumentará la hemorragia!
Pero no llegó a tiempo. Lucas
extrajo el cuchillo, y la sangre comenzó a brotar de la herida a mayor velocidad.
Mateo arrancó el cuchillo de las
manos de Lucas y lo dejó en el suelo. Después, presionó la herida con sus
propias manos para detener la hemorragia.
-Voy… a… morir… -dijo el joven
casi sin aliento.
-No, tienes que aguantar un poco.
Voy a llamar a emergencias- señaló Mateo- Presiona la herida con fuerza.
Lucas obedeció al instante, y puso
sus manos sobre el corte.
Mateo se levantó y corrió hasta
la mesita de la entrada, donde se encontraba su teléfono móvil. Lo tomó en su
mano y regresó junto a Lucas.
Comenzó a marcar el número de
emergencias, pero entonces reparó en que Lucas no se movía. Estaba
completamente inmóvil, y parecía que no respiraba.
Mateo se arrodilló junto a él y
le tomó el pulso.
Estaba muerto.
Mateo empalideció de repente.
La cabeza empezó a darle vueltas.
Se sentía mareado.
El olor de la sangre le producía
náuseas.
Comenzó a nublársele la vista.
Entonces, cayó desmayado junto al
cuerpo de Lucas.
* * *
DIEZ AÑOS
MÁS TARDE
Mateo se encontraba sobre una
camilla. Alguien le empujaba a través de un largo pasillo. Le condujeron hasta
una gran sala, donde colocaron la camilla en el centro de la estancia. Quien la
empujaba era un joven policía. Debía tener unos treinta años, aunque con la
cara afeitada parecía aún más joven. Este se colocó a la derecha de Mateo, con
los brazos cruzados y el semblante serio.
En aquel momento, entraron otros
dos policías en la sala. Uno de ellos tenía algo de sobrepeso, y el otro era
fuerte, musculoso y tenía cara de pocos amigos. Ambos caminaron hasta la
camilla donde se encontraba Mateo, y comprobaron que las correas que mantenían
al joven atado a ella estaban bien apretadas.
Después, cada uno se colocó en un
extremo de la habitación.
Por último, entró en la sala un
doctor, con su bata blanca y su estetoscopio colgado al cuello. Este llevaba puestas unas gafas con unos cristales bastante gruesos, y
tenía el pelo canoso. Empujaba un carrito sobre el que había dispuesto una bandeja con
medicación, tres jeringas y un monitor cardiaco. El médico encendió el monitor
y colocó en el dedo de Mateo un sensor para medir su ritmo cardiaco. Después,
tomó en su mano los tres viales de medicación que se encontraban sobre la
bandeja y llenó con cada uno de ellos las tres jeringas. Una vez preparadas, volvió
a dejarlo todo sobre el carrito y comprobó que el monitor cardiaco funcionaba a
la perfección.
El policía más joven caminó hasta
unas enormes cortinas que se encontraban frente a la camilla. Las descorrió,
dejando al descubierto un enorme ventanal. Al otro lado había una sala llena de
asientos, ocupados por una veintena de personas. Los ojos de todas ellas se
posaron sobre Mateo.
-Mateo Torres, se te condena a
muerte por el asesinato de Lucas Lázaro- indicó el policía con sobrepeso- Ahora
tienes la oportunidad de hacer una última declaración. ¿Quieres decir algo?
Mateo permaneció callado durante
unos segundos.
-¡Yo no lo hice!- gritó
finalmente- ¡Yo no maté a Lucas!
-¡Claro que lo hiciste!- se
escuchó al otro lado del ventanal.
Mateo alzó la cabeza todo lo que
le permitían las correas que le amarraban a la camilla, y allí, frente a sus
ojos, vio a Héctor y a Fermín. Estaban vivos.
-¡Mateo, tu mataste a Lucas!-
gritó Héctor- ¡Tu mataste a mi novio! ¡Asesino!
-¡Asesino!- comenzó a gritar la
multitud.
Entre el gentío se encontraban también
la hermana y la madre de Lucas, que se unieron a la multitud al grito de “Mateo
asesino”.
Dos guardias corrieron hasta Héctor, le agarraron por los brazos, y le arrastraron fuera de la sala mientras este
seguía profiriendo insultos contra Mateo. Fermín salió tras ellos para intentar
tranquilizar a su amigo.
Otros dos agentes hicieron callar a la muchedumbre, amenazándolos con hacerles abandonar la sala si desobedecían.
Diez años atrás, Mateo fue declarado
culpable por la muerte de Lucas. El arma del crimen tenía sus huellas dactilares,
y para colmo, le encontraron inconsciente junto al cadáver de la víctima.
Hallaron signos de lucha y forcejeo, tanto en el cuerpo de Lucas, como en el
apartamento de Mateo, lo cual indicaba que la víctima había intentado
defenderse. Todo señalaba a Mateo como el asesino, por lo que fue condenado injustamente
por el asesinato de Lucas. Todas las revistas y periódicos se hicieron eco de
la noticia. El caso estaba en boca de todos. Mateo se convirtió en el asesino más famoso
del momento. Mientras este estaba en prisión, su abogado hizo todas las apelaciones pertinentes para evitar que fuese ejecutado. Pero el tribunal supremo había rechazado su última petición hacía un par de semanas, y ya no admitía más recursos.
Ya no había nada que hacer.
Una lágrima comenzó a caer por la mejilla de Mateo.
Allí estaba, a punto de morir.
A punto de morir injustamente.
Pero, si Héctor y Fermín estaban
vivos, significaba que el último deseo que pidió frente al espejo había
surtido efecto.
Entonces, ¿por qué él estaba allí,
a punto de ser ejecutado?
En aquel momento, vinieron a su mente
las palabras que pronunció delante del espejo el día que formuló aquel último
deseo.
“Quiero ser famoso. Quiero ser
conocido por todos. Quiero salir en las portadas de todos los periódicos y
revistas. Quiero estar en boca de todo el mundo. Deseo estar sobre un
escenario, con un montón de gente a mi alrededor, observándome y gritando mi
nombre. Y deseo que Héctor y Fermín estén allí, entre la multitud. Vivos. Sanos
y salvos”.
Su deseo se estaba cumpliendo en aquel
preciso instante. Aquel deseo le había llevado hasta donde se encontraba en ese
momento.
Ese jodido espejo.
Ahora entendía que el espejo no
tenía el poder de conceder deseos. Aquel espejo estaba maldito, y con cada
deseo maldecía a la persona que hacía uso de él hasta acabar con ella
completamente.
-Ha llegado la hora de administrar
la inyección- indicó el doctor.
Los ojos de Mateo se inundaron de
lágrimas. Pero no opuso resistencia. Ya no le quedaba nada. Ya no le importaba
morir.
El médico tomó la primera
jeringa. Esta contenía tiopental sódico, un anestésico de acción rápida. Su
objetivo era dejar inconsciente al condenado para que no sufriera ningún dolor.
El doctor inyectó su contenido en el brazo de Mateo.
A los pocos segundos, este
comenzó a sentirse muy cansado. Se le cerraban los párpados y se le nublaba la vista.
Después, todo se volvió negro.
El doctor tomó en su mano la
segunda jeringa. Esta contenía bromuro de pancuronio, un relajante muscular que
se utilizaba para detener los movimientos respiratorios. Acto seguido, la
inyectó también en el brazo del joven.
Por último, el médico cogió la
tercera jeringa, en cuyo interior había una solución de cloruro potásico, cuya
finalidad era detener el corazón del prisionero. La inyectó en el brazo de
Mateo y se giró hacia el monitor cardiaco, observándolo con detenimiento a la espera
de que la medicación surtiera efecto.
Pocos segundos después, se dibujó
una línea plana en el monitor, y este comenzó a emitir un pitido continuo, lo
cual indicaba que ya no había actividad cardiaca.
Mateo había muerto.
* * *
Ángela se hallaba frente al
espejo de su nuevo apartamento. Un viejo espejo que ya se encontraba en el piso
cuando la joven se había mudado, hacía ya un par de semanas. Se estaba probando
el vestido que acababa de comprarse, y observaba su reflejo de arriba abajo
detenidamente, fijándose en cada detalle. Lo había comprado para ponérselo en
la fiesta de Nochevieja. Le encantaba. Era un vestido corto de fiesta. El color
azul de este hacía juego con sus ojos, también azules. Se apartó su rubio
cabello de la cara para verse mejor. Estaba muy pálida. Necesitaba tomar más el
sol. Ese mismo fin de semana iría a la playa para ponerle remedio.
Se centró de nuevo en el vestido.
Lo observó de arriba abajo.
Era precioso. Entallado, como a
ella le gustaba, pero le quedaba un poco justo. Tendría que volver a la tienda
para cambiarlo.
-Como desearía perder algunos
kilos- dijo la joven frente al espejo.
Después, salió de la habitación y
se encaminó hacia la cocina para prepararse un té.
En aquel momento, el espejo
comenzó a emitir un siniestro resplandor azul que iluminó todo el cuarto.
La joven continuó preparando su té
en la cocina, ajena al peligro que corría. Sin saber todavía que había que
tener cuidado con lo que se deseaba, porque a veces podía no gustarnos el
resultado de nuestro deseo.
Y es que lo más importante de un
deseo no es el deseo en sí, sino aquello que no pedimos. Nuestros miedos más profundos
y ocultos. Aquello que no deseamos. Eso es lo realmente peligroso. Porque
aquello que callamos. Aquello que no nos atrevemos a decir en voz alta, puede
volverse contra nosotros en cualquier momento, y convertir nuestra vida en una
auténtica pesadilla.
FIN
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Qué chulada de relato, bravo!! te lo curraste. No dejes de escribir nunca.
ResponderEliminarMuchísimas gracias!!!!!! 😍😍💕💕💕😘
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