RELATO GAY. CUIDADO CON LO QUE NO DESEAS. CAPÍTULO 8: DESTINO
Mateo se encontraba en su cuarto,
tumbado sobre la cama. Estaba destrozado. Habían pasado tres meses desde el
derrumbe de la cornisa, el terrible accidente donde habían muerto Héctor y Fermín, pero el joven aun no lo había superado.
¿Cómo iba a superar aquello?
Sus mejores amigos habían muerto
frente a sus ojos, y todo por culpa de aquel maldito espejo.
Todos los deseos que había pedido
habían salido al revés. Ni siquiera había podido ayudar a sus amigos. Por
querer evitar que tuviera lugar el accidente de coche, y que estos acabaran
desfigurados, lo que había conseguido era que acabaran muertos.
No había podido salvarlos.
Quizá era el destino.
Quizá tenía que suceder así.
O quizá no había pronunciado las
palabras adecuadas al realizar el deseo.
Una parte de él quería deshacerse
del espejo. Romperlo en mil pedazos y arrojarlo a la basura. Pero otra parte sentía
una extraña atracción por él. Se sentía atraído por el halo de misterio que
rodeaba a aquel espejo y por lo que era capaz de hacer.
En ese momento, comenzó a sonar
su teléfono móvil.
Mateo alargó el brazo hasta la
mesita de noche y lo tomó en su mano. Miró en la pantalla el nombre de la
persona que llamaba, y después volvió a dejar el teléfono en su sitio.
Era Lucas. Estaba en plan acosador. No dejaba de llamarle, y Mateo estaba tratando de evitarle. No estaba de humor para aguantarle en aquel momento. Lucas era otro deseo que había salido mal.
Parecía que todo le salía mal
últimamente.
Todavía no había encontrado
trabajo, y tenía que hacerlo lo más pronto posible. Se le estaba acabando el
dinero, y de seguir así, le iba a resultar imposible pagar el alquiler e iba a
terminar en la calle. Por no hablar de la comida y otras necesidades básicas
que tampoco iba a poder cubrir. Si, necesitaba encontrar un trabajo
urgentemente.
En aquel instante, se le pasó una
idea por la cabeza.
Después de todo lo que había
sucedido era una locura, pero se trataba de una emergencia.
No tenía otra alternativa.
Podía pedirle al espejo que le
consiguiera un trabajo. No era un deseo difícil de conceder.
¿Qué podría ocurrir? Solamente
era un empleo.
Se levantó de la cama y caminó
lentamente hasta el espejo. Se detuvo frente a él y lo observó con detenimiento
durante unos segundos.
Tras todo lo que había ocurrido,
no podía evitar sentir algo de miedo, pero tenía que hacerlo.
-Deseo encontrar trabajo lo antes
posible- dijo Mateo finalmente.
Después, guardó silencio.
Un escalofrío recorrió todo su
cuerpo.
Necesitaba alejarse del espejo.
Salió de la habitación y se dirigió
hacia el cuarto de baño. Una vez allí, se detuvo frente al lavabo y se refrescó
la cara con un poco de agua.
Mientras, en el dormitorio, el
espejo comenzó a emitir aquel extraño resplandor azul. Acto seguido, el teléfono
móvil de Mateo comenzó a sonar.
El resplandor desapareció justo
cuando este regresaba a la habitación. Mateo tomó el teléfono en su mano y miró
la pantalla.
Era un número desconocido.
Descolgó y se puso el móvil en la
oreja.
-Si… Claro… De acuerdo…- dijo
mientras escuchaba atentamente a su interlocutor- ¡Allí estaré! ¡Hasta ahora!
Después colgó el teléfono y volvió
a dejarlo sobre la mesita de noche.
No podía creerlo. Acababan de
llamarle del local más famoso de la ciudad para hacerle una entrevista de trabajo.
Había enviado el curriculum varios meses atrás, y ya pensaba que no le llamarían.
En aquel lugar habían actuado los mejores cantantes del planeta, y Mateo
siempre había soñado con pisar su escenario. Todos los artistas que habían actuado
allí ahora eran grandes estrellas. Esperaba que por fin su suerte empezara a
cambiar a mejor.
Tenía que estar dentro de una
hora en el local para realizar la entrevista.
Se encaminó a toda velocidad
hacia la ducha. Debía acudir a aquella entrevista completamente impoluto. Todo
tenía que salir a la perfección. Tenía que aprovechar aquella oportunidad.
* * *
Mateo bajó las escaleras del edificio
a toda velocidad. Se había puesto su mejor traje para la entrevista, se había
peinado a conciencia y se había aplicado su mejor perfume.
Atravesó el portal y salió a la calle a toda prisa. Desvió la mirada para no ver el lugar donde
se había desplomado la cornisa. Cada vez que veía aquel sitio le venían a la
cabeza las imágenes del día del accidente. Estaba deseando empezar a trabajar y
ganar suficiente dinero para poder mudarse a otro lugar.
Iba tan acelerado, que ni siquiera
vio al joven que se cruzaba en su camino. Chocó con él y estuvo a punto de
hacerle caer al suelo.
-Lo siento- se disculpó Mateo- es
que voy a una entrevista de trabajo y tengo algo de prisa.
-No te preocupes, yo también
caminaba distraído- respondió el joven desconocido.
Este era bastante guapo. Tenía el
cabello moreno, los ojos verdes y una bonita sonrisa. Iba muy bien vestido, con
una camisa negra y un vaquero desgastado, y llevaba puesto un perfume que olía estupendamente.
-¿Has salido de este portal?-
preguntó el joven señalando el edificio donde vivía Mateo- ¿Vives aquí?
-Si- respondió este.
-¡Yo también vivo aquí!- exclamó
el joven sonriendo- Me mudé hace un par de días al edificio.
-¡Que sorpresa! Pues encantado de
conocerte- exclamó Mateo.
-Igualmente. Por cierto, me llamo
Iván- se presentó el joven estrechándole la mano.
-Yo me llamo Mateo- dijo este
mientras se dibujaba una enorme sonrisa en su rostro.
Aquel chico le había caído muy bien.
Parecía simpático, y por fin había un vecino de su edad en aquel viejo edificio.
De repente, recordó que llegaba
tarde a su entrevista.
-Lo siento, pero tengo que
marcharme- señaló Mateo- Supongo que ya nos veremos por aquí.
-¡Claro! ¡Suerte con tu
entrevista! ¡Hasta luego! -se despidió el joven.
Este atravesó el portal y se
introdujo en el edificio. Mateo comenzó a andar calle abajo a toda velocidad, de
camino a su entrevista. Pero ninguno de los dos reparó en el chico que les
estaba observando desde la acera de enfrente.
Era Lucas, que había observado el
encuentro de los dos jóvenes desde la distancia, muerto de celos. Se preguntaba
quien sería aquel joven tan guapo, y que hacía hablando con Mateo.
Mateo era suyo, y no iba a
permitir que nadie se lo quitara.
CONTINUARÁ...
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