RELATO GAY. EL INQUILINO DE ARRIBA 2. EL ORIGEN. CAPÍTULO 1: UNA FIESTA ELECTRIZANTE
Arturo, era un hombre de 65 años,
recién jubilado, viudo y homófobo. Vivía solo, en un edificio de apartamentos
del centro de la ciudad, y siempre tenía problemas con el resto de sus vecinos.
Si no le molestaba el gato de la vecina del quinto, que se escapaba y
deambulaba por los rellanos, le molestaban las plantas que el vecino del
segundo tenía en su ventana, porque le caían algunas hojas secas en su balcón.
No había día que no discutiera con alguien. Era un viejo huraño y amargado, que
no se soportaba ni a sí mismo.
Aquel viernes, Arturo había preparado la
cena a las nueve de la noche, luego había visto el informativo en la
televisión, lo único que soportaba ver, ya que odiaba el resto de la
programación, y a las diez ya se estaba preparando para irse a la cama.
Cuando se disponía a meterse bajo
las sábanas, llegó hasta su dormitorio el sonido de una estridente música, que
se escuchaba a todo volumen. Miró hacia el techo. La música provenía del piso
de arriba. Los jóvenes del piso superior debían estar celebrando otra fiesta.
<<Ya están esos maricones
tocándome las narices>> pensó.
Sus vecinos de arriba eran gays,
cosa que Arturo no soportaba. Nunca podría entender ni aceptar que dos hombres
pudieran besarse y mucho menos enamorarse. En su mente retrógrada, aquello era
ir contra natura.
Cogió su bata del perchero que se
encontraba tras la puerta de la habitación y salió del dormitorio con un enfado
de mil demonios. Atravesó el salón y abandonó su piso dando un sonoro portazo.
Arturo vivía en el tercer piso, y
sus ruidosos vecinos en el cuarto, así que subió los escalones a toda prisa, o
todo lo rápido que le permitió su artrosis, hasta el piso superior, y llamó al
timbre de sus escandalosos vecinos. La música traspasaba la puerta. Estaba a un
volumen que superaba con creces los decibelios permitidos por la ley a aquellas
horas de la noche. Era aquella música que los jóvenes llamaban “reguetón”, una
música estridente y estúpida que Arturo detestaba. Aquello era de todo menos
música. Música era lo que se hacía en sus tiempos de juventud. Lo que se hacía
ahora era ruido.
Tras unos segundos, un joven
rubio de ojos verdes abrió la puerta. Al ver a Arturo, puso los ojos en blanco
y lanzó un soplido.
-¿Qué ocurre ahora?- preguntó el joven,
que conocía de sobra a Arturo, ya que este había subido a quejarse por el ruido en
anteriores ocasiones, cuando habían celebrado otras fiestas.
-¿Podéis apagar esa horrible
música? ¡Es hora de dormir, no de celebrar fiestas! - exclamó Arturo enfadado.
-¡Mire viejo, deje ya de molestar!
¡Nadie le aguanta en este edificio! ¿Por qué no nos hace un favor a todos y se
muere de una vez? - gritó el muchacho.
Tras decir esto, le cerró la
puerta en las narices.
-¡Sinvergüenzas! ¡Maricones! ¡Gentuza!
- gritó Arturo fuera de sí, mientras aporreaba la puerta- Vosotros no sabéis
quien soy yo.
Acto seguido, dio media vuelta y
bajó la escalera, enfadadísimo. Volvió a su apartamento y tomó una pequeña
llave que se encontraba en un cajón del mueble de la entrada. Después, volvió a
salir de su piso y descendió hasta la planta menos uno, donde se encontraba el
sótano. Abrió la puerta de este con la llave que había cogido en su casa, y se adentró
en el oscuro y polvoriento sótano del edificio. Una vez allí, encendió la luz y
caminó hasta una puerta que se encontraba al fondo de la estancia, y que estaba
señalada con un cartel de <<Peligro, alto voltaje>>. Debajo de
este, otro cartel decía: cuarto de contadores. Abrió la puerta, y ante él
aparecieron todos y cada uno de los interruptores, mediante los cuales se podía
suministrar o cortar la luz de todos los apartamentos del edificio. En
realidad, él no debería tener acceso al sótano, pero unos meses antes, en un
descuido del portero, había conseguido hacerse con la llave y realizar una
copia de ella. Después, había devuelto la original como si nada hubiera pasado.
Arturo, buscó el interruptor del
cuarto izquierda, el piso que pertenecía a sus vecinos fiesteros. Tras unos
segundos, lo localizó, y haciendo caso omiso al cartel que se encontraba
colgado a su izquierda y que rezaba: “No tocar. Solo personal autorizado”,
agarró el interruptor con sus dedos y lo pulsó.
En ese momento, sintió un
terrible dolor que atravesó su mano, recorrió su brazo y circuló por cada
célula de su cuerpo. Era la electricidad pasando a través de él. Se estaba
electrocutando. Una lluvia de chispas le rodeó. Empezó a sufrir unas terribles
convulsiones. Una llamarada salió del interruptor que Arturo mantenía
presionado, y del cual no podía separarse, quemando su mano.
Otra lluvia de chispas.
Después, la luz se fue en todo el
edificio.
Arturo exhaló su último suspiro
en aquel oscuro sótano, mientras el resto de vecinos, que ignoraba lo que había
sucedido, continuaban con sus vidas como si nada; unos, preocupándose porque se
les había arruinado la fiesta; otros, porque no iban a poder ver el partido de
fútbol de su equipo favorito; o alguno, creyéndose el más desafortunado del mundo, simplemente porque no iba a poder
leer otra página más de aquel libro, que se estaba poniendo tan interesante.
CONTINUARÁ...
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