RELATO GAY. NO ES MOMENTO PARA EL AMOR. CAPÍTULO 1: TODA DECISIÓN CONLLEVA UNAS CONSECUENCIAS
Aquella mañana no me encontraba
bien. Debí haber llamado al trabajo para decir que no podía ir, pero finalmente
no lo hice. Me tomé un analgésico, me duché, me vestí y salí de mi apartamento
dispuesto a cumplir con mis obligaciones. De haberme quedado en casa, nada de
lo que pasó aquel día hubiera ocurrido. Pero ahora ya no tiene remedio. Lo
hecho, hecho está. Toda decisión conlleva unas consecuencias, y yo lo aprendí
de la peor manera posible,
* * *
Mi nombre es Lucas, tengo veintinueve
años, soy un chico del montón, gay y trabajo como auxiliar de ayuda a
domicilio. Me encanta mi trabajo. Me gusta ayudar a la gente, hace que me
sienta bien conmigo mismo. Hace que pueda dormir bien por las noches. Me hace
sentir que mi vida vale la pena. Que tengo un propósito.
Ahora voy de camino a casa de una
paciente nueva que me han asignado hoy. Tiene cincuenta y nueve años, y
necesita ayuda con las tareas básicas de la vida diaria.
Veremos qué tal se presenta la
mañana. Suelo ponerme un poco nervioso el primer día que empiezo a trabajar con
un nuevo paciente, aunque seguro que todo marcha genial, como siempre.
Al fin llego a la casa de la
mujer. Me detengo frente al portal con mi mochila a la espalda y abro con la
llave que me han dado en las oficinas centrales de la empresa para la que
trabajo. Me introduzco en el edificio y subo las escaleras hasta la cuarta
planta. No hay ascensor, así que cuando llego arriba me falta un poco el aire.
Me detengo frente a la puerta de la vivienda de María, así se llama la
paciente, y llamo al timbre. Tarda en responder, así que me da tiempo a
recuperar el aliento. Pasados unos segundos, María abre la puerta. Es una mujer
delgada, de baja estatura, con múltiples arrugas en la cara que hacen que
parezca más mayor de lo que es, y con el cabello enmarañado. Sin decir una
palabra, da media vuelta y se introduce en la vivienda, dejando la puerta
abierta.
-Soy Lucas- digo entrando tras
ella y cerrando la puerta tras de mi- me envía la agencia de ayuda a domicilio.
María camina hasta el salón y se
sienta en el sofá, frente a la tele.
Cuando llego hasta allí, observo
el televisor. Este está apagado, pero la mujer lo mira fijamente, como si el
aparato estuviese emitiendo el programa más entretenido del mundo.
-María, ¿necesita que le ayude
con algo?- pregunto- ¿Quiere que prepare algo de comida? ¿Quiere que ordene
algún cuarto?
No obtengo respuesta.
-Bueno, supongo que empezaré por
administrarle su medicación, que es una de las tareas que tengo anotadas en el
informe- le digo mientras descuelgo mi mochila y saco el expediente de la
paciente para echarle un vistazo.
-Sí, hay algo que puedes hacer
por mí- dice al fin María, rompiendo el silencio.
-Estupendo- respondo- dígame con
que puedo ayudarla.
-Me gustaría que limpiases los
cristales y las persianas de mis ventanas- señala la mujer, levantándose del sofá
y haciéndome una señal con la mano para que la siga.
- Estupendo- respondo aliviado,
al ver que la paciente por fin ha reaccionado- ¿Qué ventana quiere que limpie?
Vuelvo a colgarme la mochila en
el hombro mientras María me guía hasta la terraza.
-Estas- dice la mujer, señalando
su enorme terraza acristalada- están muy sucias y yo no puedo limpiarlas.
Miro la terraza con cara de
incredulidad. Las ventanas y persianas son enormes, y es completamente
imposible limpiarlas de manera ordinaria, debe ocuparse de ello una empresa de
limpieza especializada.
-Señora, yo no puedo limpiar
esto. Nos encontramos en una cuarta planta, y esto debe hacerlo una empresa
especializada, utilizando arneses y un elevador- le digo con delicadeza.
-¡¿Cómo qué no?!- exclama la
mujer sorprendida- ¿Tú no has venido a ayudarme? Pues esa es la ayuda que
necesito.
-Lo siento, eso no puedo hacerlo,
pero si necesita alguna cosa más estaré encantado de…
-¡Quiero que te vayas!- comienza
a gritar la mujer como una loca- ¡Si no vas a ayudarme, quiero que te largues
de mi casa!
-Pero, señora…- comienzo a decir,
pero María no me deja hablar.
-¡Lárgate!- grita propinándome un
empujón- ¡Lárgate ahora mismo!
Asustado, me dirijo hacia la
salida.
-Voy a salir para llamar a mi
jefe- le digo a María sin dejar de caminar- en cuanto hable con él regreso. No
tardo nada.
Llego hasta la entrada con la
mujer completamente enloquecida pisándome los talones. La atravieso y María
cierra dando un sonoro portazo.
-¡Vete a la mierda!- se escucha
al otro lado de la puerta.
Saco el teléfono móvil del
bolsillo de mi pantalón y marco el número de mi jefe. Tras tres tonos, escucho
su voz al otro lado de la línea.
Le comunico lo ocurrido y me dice
que vuelva a entrar, le administre su medicación a María y me marche enseguida.
La paciente padece alzhéimer y
parece estar pasando por uno de sus brotes.
Hago lo que me dice mi jefe, y
tras colgar, llamo a la puerta para volver a entrar.
-¡No pienso abrirte!- exclama la
mujer desde el otro lado- ¡Vete, pedazo de mierda!
Tras decir esto, comienza a
golpear la puerta como una auténtica salvaje.
No puedo evitar sentir un poco de
miedo.
¿Y si esa mujer es peligrosa?
Pasa por mi mente coger las
llaves y abrir la puerta yo mismo, pero tras pensarlo unos segundos, doy media
vuelta y comienzo a bajar la escalera. Sé que no debería hacerlo, pero el miedo
puede conmigo y decido marcharme de allí a toda prisa. Regresaré mañana, y
quizá la mujer este más calmada. Nadie tiene porque enterarse.
En la segunda planta, me cruzo
con un joven que me golpea con el hombro al pasar rápidamente junto a mí. Ni
siquiera me pide disculpas. ¡Será maleducado!
Bajo rápidamente los dos tramos
de escalera que me quedan y salgo a la calle. Una vez fuera del edificio, respiro
hondo. Acabo de pasar uno de los peores ratos de mi vida.
Me alejo del lugar a paso ligero.
Cuando he avanzado unos cuantos metros, escucho un gran estruendo a mi espalda.
Me giro asustado hacia el origen del ruido. La gente comienza a gritar y correr
hacia el coche que se encuentra aparcado junto al edificio del que acabo de
salir.
-¡Ha caído sobre el coche!- grita
una mujer morena de mediana edad.
-¡He visto como saltaba por la
ventana!- exclama un joven, que ha detenido su patinete para observar lo
sucedido, mientras señala una de las ventanas del edificio donde vive mi
paciente.
Aterrado, miro hacia donde señala
el muchacho, temiéndome lo peor.
-¡Ha caído desde el cuarto piso!-
señala una anciana mientras se acerca al lugar del accidente.
Con el corazón latiéndome a toda
velocidad en el interior del pecho, me acerco hasta el coche, cuyas ventanas
han estallado debido al impacto de la persona que ha caído sobre él.
<< Que no sea lo que estoy
pensando>> me digo a mí mismo << Que no sea lo que estoy
pensando>>
Cuando estoy a menos de tres
metros del vehículo, se confirman mis peores sospechas. La persona que ha
saltado por la ventana y que se encuentra completamente inmóvil sobre el coche,
es mi paciente.
Me quedo completamente paralizado
mientras observo el cadáver de María.
La gente comienza a arremolinarse
alrededor del vehículo.
En la lejanía, oigo como alguien
llama a una ambulancia desde su teléfono móvil.
Esto no puede estar pasando.
Tiene que ser una pesadilla.
CONTINUARÁ...
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