RELATO GAY. EL INQUILINO DE ARRIBA 2. EL ORIGEN. CAPÍTULO 7. FINAL: DEMONIO VENGATIVO
Pedro entró rápidamente en la
cocina.
De repente, se detuvo.
Se quedó completamente pálido.
Allí, frente a él, tendido en el
suelo, estaba Cristian sobre un enorme charco de sangre. Tenía un cuchillo
clavado en el cuello, otro en el abdomen, y uno más clavado en el muslo
derecho. El joven estaba totalmente inerte.
-¡Oh, no!- exclamó Pedro,
arrodillándose junto a su novio- No… no… no… no…
Le tomó el pulso, mientras las lágrimas
afloraban a sus ojos.
Nada. No sentía sus latidos.
Su novio estaba muerto.
Las lágrimas recorrían las
mejillas de Pedro, mientras este, con la mirada fija en el cadáver de su chico,
permanecía inmóvil. Se había quedado paralizado. Se encontraba en estado de
shock.
En ese momento, la luz de la
cocina comenzó a parpadear.
Todo se quedó a oscuras.
Tras un par de segundos, la luz
volvió a encenderse.
Pedro volvió en sí. Miró a su
alrededor, un poco confundido, y después, fijó la vista en el cuerpo de
Cristian. Reparó en que el cuchillo que antes estaba clavado en el cuello de su
novio había desaparecido. Sorprendido, miró su mano derecha. Allí, sujeto por
el mango, sostenía el cuchillo que hasta hace unos segundos estaba clavado en
el cuerpo de su chico. Observó el arma, estupefacto. Esta estaba cubierta de
sangre. Soltó el cuchillo inmediatamente, que cayó al suelo, junto a él.
Pedro se levantó de un salto.
Aquello había sido obra de aquel
espíritu, fantasma, demonio, o lo que quiera que fuese, pensó Pedro mientras
temblaba de miedo desde los pies hasta la cabeza.
En aquel instante, el cuchillo
que acababa de soltar voló hasta su cuello manejado por una mano invisible,
clavándose en su garganta.
Pedro no pudo esquivarlo. Todo
sucedió en cuestión de segundos.
El joven llevó su mano hasta el
cuchillo y tiró de él, sacándolo de su cuello. La sangre comenzó a manar de la
herida a borbotones.
Pedro arrojó el puñal al suelo y
empezó a caminar torpemente hacia el salón. Recorrió el pasillo lentamente,
mientras se cubría la herida con ambas manos, intentando contener la hemorragia.
Quería llegar hasta el teléfono.
Comenzó a sentirse cada vez más
débil, debido a la pérdida de sangre. Todo comenzó a darle vueltas. Entonces, cayó
al suelo en mitad del pasillo y todo se volvió negro.
* * *
Pedro abrió los ojos. Miró a su
alrededor, confundido, sin saber muy bien donde estaba. Pasados unos segundos,
tras despertar completamente, recordó muy bien donde se encontraba: el lugar
donde había pasado los tres últimos años.
Tumbado en la cama, miró los
barrotes de la pequeña celda donde había permanecido encerrado todo ese tiempo.
Encerrado por un crimen que no había cometido.
La celda era un pequeño cubículo
con solamente una cama, un retrete, un espejo que se encontraba situado sobre un
sucio y deteriorado lavabo, y un incómodo y duro camastro.
Se levantó de la cama y caminó
hasta el lavabo, que se encontraba frente a esta. Se miró en el espejo. Observó
la cicatriz de su cuello. Esa maldita marca que no le dejaría olvidar aquel fatídico
día. El día en que Cristian murió. El día en que una parte de Pedro también pereció
con él.
Ese día, cuando Pedro perdió el
conocimiento debido a la pérdida de sangre, alguien llamó a la policía diciendo
que había escuchado como sus vecinos del cuarto piso tenían una gran discusión.
Nunca se supo quien realizó la llamada, solamente que era la voz de un hombre.
Un hombre mayor, tal vez un anciano.
Dos agentes acudieron al lugar.
Tras llamar varias veces a la puerta y no obtener respuesta, buscaron al
portero del edificio para que les abriera el apartamento. Una vez dentro,
descubrieron la dantesca escena: el cadáver de Cristian y a Pedro gravemente
herido, pero todavía con vida. Avisaron a los servicios de emergencia para que
atendieran a Pedro, y después inspeccionaron el lugar para intentar descubrir
que había sucedido.
Tras investigar la escena del
crimen, los policías llegaron a la siguiente conclusión: Pedro había asesinado
a Cristian y después había tratado de suicidarse, pues sus huellas se
encontraban en el cuchillo que había sido utilizado para cometer el asesinato. El
mismo cuchillo que después Pedro había utilizado para autolesionarse.
Descubrieron que Cristian había
hecho el equipaje, seguramente con intención de marcharse de casa, así que
supusieron que Pedro le había descubierto, y en un ataque de furia ante el
inminente abandono de su novio, le había matado.
Las cosas de Pedro continuaban en
sus cajones y toda su ropa en el armario, así que todo encajaba.
Después, al ser consciente de lo
que había hecho, Pedro había tratado de suicidarse.
Caso cerrado.
Aquello era mucho más creíble a
que un demonio homicida fuera el culpable. Un demonio lleno de odio.
Y es que el odio de algunas personas es tan fuerte, que incluso perdura después de su muerte, impregnando todo y a todos los que le rodeaban cuando estaba vivo. Sus almas están condenadas al tormento eterno. Un sufrimiento tan grande, que solo pueden calmar haciendo daño a los vivos. Causando dolor, igual que hacían en vida. Repartiendo infelicidad, ya que, si ellos no son felices, no pueden soportar que nadie a su alrededor lo sea. Nadie…
Y
cuando han acabado con su objetivo, buscarán otra persona sobre la que volcar
su odio.
Un bucle infinito, durante toda
la eternidad.
¿Qué puede haber más triste que
el odio?
Estar condenado a odiar y ser infeliz para siempre. Estar sentenciado a la desdicha eterna. No ser más que una sombra solitaria de la que todos huyen. No ser nada…
FIN
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