RELATO GAY: EL GRANJERO Y EL MOZO DE CUADRA. CAPÍTULO 4: DESNUDO SOBRE EL FRÍO SUELO
Guillermo regresaba a casa
bastante animado. Aquella mañana se había marchado muy preocupado, dándole
vueltas a la proposición de Héctor, pero ahora, tras meditarlo mucho y sopesar
los pros y los contras, había tomado una decisión y se sentía aliviado. Tras
pensarlo con calma, finalmente había decidido fugarse con el joven mozo de
cuadra. Héctor tenía razón. Solamente vivimos una vida, y hay que hacer aquello
que nos hace felices, ya que el día menos pensado morimos y todos nuestros
planes, sueños y deseos se esfuman. Desaparecemos y aquello que nos parecía tan
importante o que nos daba tanto miedo, deja de importar. Y es que lo realmente
importante es si durante ese tiempo que hemos vivido, hemos logrado ser
felices. Y Guillermo quería ser feliz. Quería dejar atrás aquella falsa vida y
empezar a vivir de verdad.
Pensaba en todo esto mientras
caminaba por el sendero que conducía hasta la granja. Ya la veía a lo lejos.
Jamás se había alegrado tanto de volver a casa. Estaba deseando darle la
noticia a Héctor. Abrazarlo, besarlo y planear juntos su fuga.
El corazón latía a toda velocidad
en el interior de su pecho. Era por la emoción. Su vida iba a cambiar
drásticamente, y eso le asustaba un poco, pero sabía que el cambio iba a ser a
mejor. Se había dado cuenta de que el amor era lo más importante en esta vida.
El amor verdadero pocas veces se cruza en nuestro camino, y cuando lo hace, hay
que luchar por él a muerte, con todas nuestras fuerzas, y no dejarlo escapar.
Atravesó la entrada de la granja,
abriendo la verja y volviendo a cerrarla tras de sí, y avanzó por el camino de
tierra en dirección a la cabaña de Héctor.
A aquella hora, Marta estaría
preparando la comida, y Lidia todavía no habría regresado de pastorear, así que
tenía algunos minutos para hablar con el joven mozo y contarle las buenas
noticias.
Se paró frente a la puerta de la
cabaña, con el corazón todavía latiéndole a mil por hora, y respiró hondo. Se
introdujo en la vivienda y caminó hasta el dormitorio de Héctor. El muchacho no
estaba allí y la cama todavía estaba deshecha.
<< Que extraño>>
pensó << Héctor nunca sale de casa sin hacer la cama>>
-¿¡Héctor!? – gritó, llamando al
joven.
Pero no obtuvo respuesta.
Caminó hasta el salón, pero allí
tampoco había nadie.
Puede que el joven se encontrara
todavía en la cuadra con los caballos.
Solamente le faltaba mirar en la
cocina, pero si el muchacho no había respondido a su llamada, seguramente
tampoco se encontraría allí.
Decidió salir de la casa y mirar
en las cuadras, pero cuando se encaminó hacia la salida y pasó junto a la
puerta de la cocina, vio algo por el rabillo del ojo que llamó su atención. Se
detuvo y se giró hacia allí. Lo que descubrió le paralizó el corazón. Un pie
descalzo se divisaba por debajo de la mesa que se encontraba en el centro de la
estancia. Guillermo se introdujo en la cocina a toda prisa y descubrió a Héctor
tendido en el suelo, completamente desnudo. Al lado de este, vio un vaso hecho
añicos, que debía haberse roto al caer el joven al suelo, ya que seguramente lo
sostenía entre sus manos al desplomarse.
Guillermo se arrodilló junto al
joven y colocó la cabeza de este sobre sus rodillas.
-¿¡Héctor?!- exclamó aterrado-
¿Qué ha pasado?
Pero el joven no respondía.
Estaba completamente inmóvil y parecía no tener pulso.
Intentó reanimarle. Le zarandeó
suavemente. Comprobó si el muchacho respiraba, colocando el dorso de su mano
bajo las fosas nasales del joven, pero por su nariz no salía ni la más mínima
cantidad de aire. Puso una mano en su pecho, y pudo constatar que el corazón de
Héctor no latía. El muchacho había muerto.
Guillermo comenzó a llorar
desconsoladamente.
Las lágrimas inundaron sus
mejillas.
¿Qué había ocurrido allí?
No podía estar sucediendo aquello
precisamente ahora.
Abrazó al joven con fuerza, como
si así pudiera evitar su marcha hacia el otro mundo, y le besó en los labios
mientras repetía una y otra vez…
-No… no… no… no…
Justo en ese momento, alguien se plantó
de pie junto a la puerta de la cocina.
Era Lidia.
-¡Dios mío! ¿Qué ha ocurrido aquí?
- preguntó asustada.
Guillermo separó velozmente sus
labios de los de Héctor, aunque no fue lo suficientemente rápido, por lo que
Lidia pudo ver claramente como el hombre besaba al muchacho.
La joven, bastante sorprendida, decidió
pasar por alto aquel detalle y se acercó hasta los dos hombres.
-¿Se ha caído? ¡Debemos avisar a un médico!-
exclamó la muchacha- Iré corriendo al pueblo.
-Es inútil, está muerto- contestó
Guillermo con la voz rota de dolor.
-¿Está… muerto..?- preguntó Lidia
balbuceando- ¿Pero… como…?
-Está muerto… está muerto-
repitió Guillermo.
-Quizá no lo esté- señaló la
muchacha- nosotros no somos médicos, no podemos asegurar algo así.
-Está muerto. Su cuerpo está
helado, su piel pálida y su corazón ha dejado de latir- indicó Guillermo.
Los ojos de Lidia se inundaron de
lágrimas. Estas cayeron por sus mejillas, mientras la joven apoyaba la espalda
contra la pared de la cocina y se deslizaba por ella hasta sentarse en el
suelo.
Guillermo dejó de abrazar el
cuerpo de Héctor y lo depositó, con sumo cuidado, sobre las baldosas de cerámica que cubrían el suelo de la estancia.
Después, se levantó, caminó hasta
el dormitorio del joven mozo de cuadra y arrancó las sábanas de su cama con
violencia. Al hacerlo, pudo comprobar que estas todavía olían a Héctor. Todavía
guardaban el perfume del muchacho, e incluso el suyo propio, tras el sexo
salvaje y apasionado de aquella mañana.
Regresó a la cocina con la sábana
en la mano y cubrió el cuerpo del mozo con ella.
-Marta no sabrá nada de esto-
señalo Lidia, todavía entre lágrimas- Tenemos que decírselo y acudir al pueblo
para avisar al médico forense.
-Si, será mejor que hagamos eso-
respondió Guillermo con la voz quebrada, mientras permanecía de pie junto al
cuerpo de Héctor.
El granjero estaba completamente
pálido, casi tanto como el cadáver que se encontraba a sus pies.
Estaba en estado de shock.
Solo cuando Lidia le tocó el
hombro, pareció reaccionar y salir de su trance.
-Vamos Guillermo- dijo la
muchacha- tenemos que ir a casa con Marta. Debemos contarle lo que ha
pasado.
-Si, vamos- respondió el granjero con la voz rota.
Estaba conmocionado. Comenzó a
caminar hacia la puerta como si fuera un muerto viviente que acababa de
levantarse de su tumba.
Lidia y él, salieron de la
cabaña, recorrieron el camino de tierra que atravesaba la granja y llegaron
hasta la casa. Se introdujeron en ella, y buscaron a Marta en todas y cada una
de las estancias, gritando su nombre, pero esta no se encontraba en la vivienda.
Lidia salió a mirar en el jardín,
mientras Guillermo subía la escalera hasta el piso superior y miraba en el
dormitorio. Asomó la cabeza por la puerta, pero Marta no estaba allí. Se
introdujo en la habitación y le sorprendió encontrar las puertas del armario
abiertas. Se acercó hasta el mueble y miró en su interior, para descubrir que
la ropa de su esposa había desaparecido, al igual que un par de maletas de piel
que se encontraban en el estante superior del mismo. Guillermo no entendía
nada.
¿Qué estaba sucediendo allí?
Recorrió la habitación con la
mirada, y entonces reparó en algo que no había visto al entrar. Sobre la mesita
de noche que se encontraba junto a la cama, se hallaba un folio perfectamente
doblado por la mitad. Guillermo caminó hasta allí y tomó el papel en sus manos.
Lo desdobló y vio que era una nota escrita por su esposa. Entonces,
completamente desconcertado, comenzó a leer.
“He descubierto lo que haces a
escondidas con el mozo de cuadra. Como retozáis como animales y os reís de mi a
mis espaldas.
¿Cómo has podido hacerme algo
así?
Yo te quería.
Espero que te haya gustado mi
regalo de despedida.
El desayuno que le llevaste a
tu enamorado esta mañana, estaba envenenado. Me hubiera encantado quedarme a
verle morir, y también ver tu cara al descubrir su cadáver, pero debía
marcharme antes de que regresaras a la granja.
Espero que seas infeliz toda
tu vida y que vivas atormentado, desde hoy hasta el último de tus días, por lo
que me has hecho.
Nunca más volverás a verme. Me
marcharé muy lejos, donde jamás puedas encontrarme. Te dejo con tu enamorado,
aunque creo que para vosotros se han acabado las noches de pasión y los besos a
la luz de la luna. Lo único que podrás hacer ahora con tu amante bajo las
estrellas, será darle sepultura. Os desearía que vivierais felices hasta que la
muerte os separe, pero eso ya no tiene ningún sentido, ¿verdad?
Púdrete en el infierno
Firmado: Marta”
Guillermo no podía creer lo que
acababa de leer. Arrugó la hoja de papel que tenía entre sus manos, mientras la
tristeza desaparecía de su interior para dejar paso a la ira, sentimiento que
comenzó a aumentar cada vez más dentro de su ser, invadiendo cada célula de su
cuerpo, desde los pies a la cabeza, e instalándose en su corazón, que roto como
estaba en mil pedazos, se rompió en otros mil pedazos más.
CONTINUARÁ...
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