RELATO GAY COMPLETO: KARMA
Roberto era escritor. Vivía con
su novio, Ricardo, en un edificio de apartamentos situado a las afueras de la
ciudad. La zona era bastante tranquila. Habían elegido aquel sitio para vivir, ya que era el lugar perfecto para escribir, gracias a la tranquilidad que se
respiraba.
Roberto dedicaba la mayor parte
del día a su trabajo, pero no le importaba, ya que daba gracias por poder
ganarse la vida dedicándose a su gran pasión. Cualquier momento era bueno para
escribir, pero la inspiración casi siempre le llegaba de noche. Para él, la
noche era el momento perfecto para dar rienda suelta a su imaginación. Le
encantaba el silencio y la tranquilidad que se respiraba de madrugada. Se
sentaba frente al ordenador, con una taza de chocolate caliente, y podía estar
toda la noche escribiendo sin ningún problema. Cuando escribía perdía la noción
del tiempo.
La mayoría de sus historias eran de misterio o
terror, pero también había escrito algún libro de aventuras, e incluso una
novela romántica. Entre sus libros contaba con varios best sellers, y un par de
libros de los que se sentía avergonzado, ya que los había escrito por encargo,
y no reconocería que eran obra suya ni aunque le apuntaran con un arma a la
cabeza.
Pero como ocurre siempre, todo lo
bueno se acaba, y la tranquilidad para Roberto y Ricardo se había terminado con
la llegada de sus nuevos vecinos. Eran cuatro jóvenes que se acababan de mudar
a la ciudad. Llevaban solamente un mes en el edificio y ya habían conseguido
volverles locos. Por desgracia, se habían mudado al piso que se encontraba
encima del suyo, y desde su llegada no habían parado de escuchar música a todo
volumen, de bailar, gritar y montar fiestas todos los fines de semana. Roberto y
Ricardo habían tratado de hablar con ellos para que no hicieran tanto ruido,
pero estos habían hecho caso omiso. También habían llamado a la policía en
varias ocasiones, pero cuando esta llegaba, los vecinos apagaban la música, para volver a
conectarla inmediatamente cuando los agentes se marchaban. Roberto estaba desesperado, ya
que no había podido escribir ni una sola línea desde que esos jóvenes
maleducados habían llegado al vecindario. Así que lo único que se le ocurrió
para solucionar aquel problema, fue comprarse unos tapones de cera en la
farmacia. Estaba dispuesto a empezar a escribir aquella misma noche su nuevo
relato, y nada ni nadie se lo iba a impedir.
Era sábado, por lo que aquellos niñatos
seguramente habían preparado una gran fiesta con una treintena de invitados, en
la cual escucharían los últimos éxitos del momento a todo volumen mientras
bailaban borrachos al ritmo de la música, invadiendo el piso de Roberto y
Ricardo con aquel ruido insoportable.
* * *
Roberto ya estaba frente al
ordenador y había comenzado a teclear las primeras líneas de su nuevo relato.
Ricardo se había metido en la
cama. Estaba agotado después de un largo día en la oficina, por lo que
necesitaba descansar. Se había puesto sus tapones de cera en los oídos para
poder dormir sin que el ruido provocado por sus vecinos se lo impidiese.
Mientras, Roberto había
conseguido escribir un par de páginas sin que sus nuevos vecinos le
interrumpieran. Ya había empezado a creer que quizá aquel fin de semana no celebrarían
ninguna fiesta, pero aquello era demasiado bonito para ser cierto. Tan solo
pasaban unos minutos de las once de la noche, cuando Roberto empezó a escuchar
como el piso de arriba empezaba a llenarse de gente. En unos segundos, la música
empezaría a sonar a todo trapo, haciendo temblar el edificio entero. Y como si
los ruidosos vecinos hubieran leído el pensamiento de Roberto, la música
comenzó a sonar. Este, respiró hondo. Cogió la caja que contenía sus tapones, la cual se encontraba sobre
el escritorio, al lado del portátil, y la abrió. Los sostuvo en su mano durante
unos segundos mientras los observaba detenidamente. Esperaba que aquello
funcionase de verdad. Llevó los tapones hasta sus oídos, los introdujo en el
conducto auditivo y ¡milagro!, el ruido cesó por completo. Aquellos tapones
eran una maravilla. Funcionaban a la perfección. Ahora podría escribir toda la
noche, aunque los niñatos de arriba alargaran la fiesta hasta las tantas de la
madrugada.
Roberto continúo tecleando animadamente mientras las palabras venían
a su mente como por arte de magia. Nunca se había sentido tan inspirado como
aquella noche.
* * *
Roberto había escrito ya más de
veinte páginas, cuando algo llamó su atención y le sacó de su trance. Vio el
reflejo de unas luces de color azul y rojo en la pantalla de su ordenador. Miró
el reloj que estaba sobre la mesita de noche. Eran las tres de la madrugada. Acto seguido, miró a Ricardo, que dormía plácidamente en la cama. Los tapones funcionaban
perfectamente. Después, caminó hasta la ventana y descubrió que aquel reflejo
pertenecía a las luces de varios coches de policía que habían aparcado frente
al portal de su edificio. Pensó que alguien habría llamado a la policía debido
al ruido de sus vecinos. Retiró los tapones de sus oídos y descubrió que en su
piso reinaba el silencio más absoluto. Parecía que los niñatos habían terminado la fiesta temprano aquella noche. En ese momento, alguien llamó al timbre.
Roberto caminó hasta la puerta y preguntó quién llamaba. Resultó ser un
policía, así que este abrió intrigado. Se quedó aterrorizado al contemplar que su puerta estaba cubierta de sangre, y que varias huellas de manos estaban
marcadas en ella. El policía le preguntó si había visto u oído algo, ya que al
parecer alguien había asesinado a sus vecinos de arriba. La sangre de la entrada y las huellas marcadas en ella, eran debidas a que uno de los niñatos había golpeado
la puerta pidiendo ayuda mientras intentaba escapar del asesino o asesinos.
Roberto explicó al policía, que su novio y él se habían puesto unos tapones de
cera en los oídos para no escuchar los ruidos provocados por la fiesta de sus vecinos, y que
por ese motivo no se habían enterado de nada. Tras hacerle algunas preguntas
más, el policía se marchó, advirtiéndole que no limpiase la sangre de la puerta, ya que enseguida volvería para realizar algunas pruebas y comprobar las huellas
dactilares.
Roberto cerró la puerta, todavía sin creerse lo que acababa de
pasar. Caminó hasta su escritorio y se sentó frente al ordenador. Arrojó los
tapones a la basura, pensando que ya no los iba a necesitar nunca más. Comenzó a
leer lo que había escrito hasta ahora, y se quedó aterrado. Su historia, comenzaba cuando unos jóvenes acudían a una fiesta en el piso de un amigo. Un
asesino se introducía en la casa y los mataba uno a uno salvajemente. Al final,
el asesino resultaba ser su vecino de abajo, como venganza al no poder trabajar en su nuevo relato debido al ruido.
Roberto miraba la pantalla del
ordenador aterrorizado. Rápidamente, seleccionó el archivo de texto y borró
aquel relato. Después, apagó el ordenador y caminó hasta la cama. Se introdujo
en ella, junto a Ricardo, y se quedó dormido plácidamente en tan solo unos
segundos, abrazado a él. Tenía bastante sueño acumulado por culpa de sus ruidosos
vecinos, pero estos ya no le molestarían nunca más. Roberto durmió toda la
noche de un tirón, cosa que hacía mucho tiempo que no conseguía, y con una
sonrisa dibujada en los labios.
FIN
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