MÁGICOS 30: CAPITULO 1: LA TRISTE VIDA DE UN GAY

Mi padre era un borracho sin sentimientos ni conciencia, que solo sabía amargar la vida de los que estaban a su alrededor. Mi madre era una maniática de la limpieza, que siempre estaba más preocupada de si el suelo estaba limpio que por las vidas de sus hijos. Mi hermano era un adicto a los videojuegos, que solo pensaba en terminar de comer lo más rápido posible para ir a jugar con su ordenador. Mi vida, no he conocido otra así que no la puedo comparar con nada, supongo que podría haber sido mejor, pero lo cierto es que también podría haber sido mucho peor. Sé que me he perdido muchas cosas. Sé que la soledad forma parte de mi vida y que será así por siempre. Hay una parte de mí que está muerta y enterrada, y que nunca volverá. Mi nombre es David, ahora tengo treinta años, vivo solo, trabajo en algo que odio y no tengo pareja debido a que me cuesta mucho relacionarme con los demás a causa de mi triste infancia. Ahora ya es tarde para hacer todo aquello que me perdí en su momento ¿O quizá no?

*                      *                     *

Aquella mañana me levanté con dolor de cabeza. Apenas había dormido y me había levantado varias veces de la cama para vomitar. Me encontraba fatal, así que llamé al trabajo para informar de que aquella mañana no pensaba ir a trabajar y pedí cita con el médico.  Este, después de examinarme, me mando todo tipo de pruebas. Pasaron varias semanas, y por fin recibí la llamada para acudir a ver los resultados. Al entrar en la consulta se notaba la tensión en el ambiente, y no era para menos, mi vida dio un vuelco al recibir la noticia de que tenía cáncer. Me quedaban menos de dos meses de vida. El cáncer era terminal, así que no se podía hacer nada. Podía vivir algunos meses más con un tratamiento de quimioterapia, pero sería tan traumático que pasaría los pocos meses que me quedaban en cama y con unos dolores mucho peores que los del cáncer. Me negué a recibir el tratamiento, y decidí aprovechar los pocos meses que me quedaban viviéndolos como a mi me diera la gana, y no encerrado en un hospital. El médico me recetó varios medicamentos para aliviar el dolor y las nauseas, y me deseó suerte. Suerte, algo que no había tenido en toda mi vida. Una palabra que carecía de significado para mí.

Una de esas mañanas insoportables en las que no me apetecía ni levantarme de la cama, mi mejor y único amigo vino a visitarme. Él era gay como yo, y teníamos muchísimas cosas en común. Su infancia tampoco había sido fácil. Su padre abusó de él durante años, su madre lo sabía y nunca hizo nada por evitarlo. Aun así, siempre tenía una sonrisa en el rostro y palabras amables para todo el mundo. Su nombre era Guillermo. Este abrió la puerta y pasó al interior de mi casa. Yo le había dado una copia de la llave para que pudiera entrar cuando quisiera, ya que había días, como este, en que no podía levantarme de la cama, y también porque alguien tendría que encontrar mi cadáver cuando llegara el momento.

 Guillermo se acercó hasta mi cama y se sentó en la silla que estaba situada al lado del cabecero.

-Hola David- saludó- ¿Cómo te encuentras hoy?

-Me encuentro fatal- respondí- hoy es uno de esos días en los que desearía estar muerto.

-No bromees con eso- dijo Guillermo.

-Dentro de poco estaré muerto-­ dije- creo que tengo derecho a hacer bromas sobre la muerte.

-Tengo algo que contarte-dijo Guillermo poniéndose serio- es algo importante y quizá pueda ser tu ultima oportunidad.

-¿A qué te refieres?- pregunte intrigado.

-Después de que me contaras lo de tu enfermedad estuve  investigando y buscando información. Ya había oído ciertas historias, así que preguntando por ahí y buscando en internet, encontré lo que necesitas.

-No entiendo nada- le dije- quieres contármelo ya.

-He encontrado a una persona que puede curarte- respondió Guillermo.

Al principio pensé que estaba bromeando, pero Guillermo nunca bromearía con una cosa así.

-¿Estas de broma?-le dije enfadado.

-¡Claro que no!- respondió muy serio- esa mujer puede curarte. Ya lo ha hecho otras veces.

-¿Quieres llevarme a una curandera?- le pregunte indignado- He rechazado la ayuda de los médicos y los tratamientos de quimioterapia y crees que voy a confiar en una curandera.

-No es una curandera- me dijo mostrándome un folio impreso donde se encontraba el mapa con la dirección del lugar- es una hechicera y puede ayudarte con tu problema.

-No quiero más falsas esperanzas- le dije.

-Y que tienes que perder- soltó Guillermo secamente- te queda poco tiempo de vida, si yo estuviera en tu lugar lo intentaría.

-¿Cómo estás tan seguro de que esas historias son ciertas?- pregunté.

-Porque un amigo mío del pasado acudió a ella- respondió Guillermo- me costó mucho localizarle, pero hoy en día se puede encontrar a todo el mundo a través de internet. Su nombre es Alberto. Acudió a la hechicera para conseguir enamorar al chico que le gustaba. Esta le proporcionó un libro de hechizos. Alberto consiguió los ingredientes para preparar una poción de amor, se la dio a beber a este chico y ahora están juntos. El chico se enamoró de él al instante.

-Aunque eso fuera cierto, no es lo mismo una poción de amor que curar una enfermedad terminal-  dije, intentando ser realista.

-Estoy seguro de que si hay alguien que puede curarte es esa mujer- indicó Guillermo- Tenemos que ir a verla cuanto antes.

Yo no creía para nada en aquellas cosas, pero como Guillermo había dicho, iba a morir de todos modos. Ya no tenía nada que perder, así que accedí a visitar a aquella supuesta hechicera.

CONTINUARA...


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